REVIVAMOS EL FUEGO
Poesía contra la destrucción y el exilio. Ninata rawrarichisun (Lima: Corporación Obsidiana, 2015), el libro de poemas de Nora Alarcón expresa un sentimiento y una preocupación crecientes respecto al presente y al futuro de nuestro idioma quechua, amenazado por la extinción. Ello se evidencia desde el mismo título traducido al castellano: Revivamos el fuego.
La propuesta encierra un universo letrado marcado por oposiciones bien definidas. La primera es destrucción – reconstrucción, que trae en primer término el recuerdo de las vicisitudes sufridas durante el conflicto armado interno en el Perú (suceso que arrancó precisamente en la cuenca del río Pampas, de donde proviene Nora) y la necesidad de reconstruir todo aquello que fue dañado y que constituye lo medular de la vida y el alma del pueblo quechua: su lengua y sus mejores tradiciones.
Nora empieza su primer poema, Harawiyniyku, escribiendo: “Cuanto sufrimiento nos trajo / El habernos vuelto parias de pronto, / Quienes nos escuchan por favor oigan nuestros quejidos / Aun cuando el ventarrón nos torne mudos”. Finaliza refiriéndose al dolor de aquellos que incluso hoy no pueden expresarse y que: “Esperan con ansiedad la revolución completa de los sueños”.
Otra oposición, derivada de la primera, es exilio – retorno, asociado al sufrimiento y al dolor de quienes por su estado de indefensión fueron los más dañados durante el referido conflicto: las madres y los niños. Lo encontramos en varios poemas, aunque se nota con mucha fuerza en el poema Lluptisqaypi, del cual extraemos algunos fragmentos:
“En el aullido de la noche cuando lloraba el río / Aún niño caminaba descalzo / Cuando la lluvia borrascosa apuraba nuestro aliento”. “Con el pecho descubierto huíamos a las cuevas / Mientras despertaban las estrellas”.
La memoria se llena de imágenes inquietantes y de reconocimientos al afecto de la naturaleza: “Vientecito que me abrigaste con tu cariño que no da frío / Sin llorar para que yo no llore. / Cuando ya resonaron las balas en nuestras cabezas / Me encuentro confundido a las orillas de un río / ¿Dónde está el amanecer? / ¿Dónde está todo? / ¿Dónde, dónde?”. Indefensión, orfandad de quienes lo perdieron todo “En griteríos de noche de estruendos”, en medio de lo cual: “La madre y el niño se ahogan / Llorando a gritos en el seno de la gran oscuridad”.
Sobre las consecuencias graves de toda la destrucción durante el conflicto armado interno en el Perú se ha escrito bastante: la pérdida del tejido social, la migración forzada hacia las ciudades, el terminar viviendo en contextos adversos. Ya calmado el turbión, urge el retorno a la tierra que vio nacer a uno y reconstruir lo dañado.
Pero no empieza y termina todo con el conflicto armado interno del siglo XX, este es apenas una punta, si bien muy candente, de un iceberg de tamaño colosal, si recordamos todo el proceso de arrinconamiento de los pueblos originarios y sus valores culturales, por etapas convertido en genocidio y etnocidio, que arranca con la llegada de los invasores europeos en siglo XVI y prosigue hasta la actualidad, bajo la hegemonía e imposición de las formas de pensar y modos de vivir provenientes de las potencias mundiales.
Así, en el poema Tukukuna, se da cuenta de la paulatina desaparición de las lechuzas en los caseríos donde ya casi no hay árboles y las casas se hacen cada vez más a base de cemento y hierro. Este es un nuevo problema, el ecocidio, consecuencia del avance del extractivismo y la modernización tecnológica sin modernidad, que se da en países como el Perú, con una clase política carcomida por la corrupción y que nunca tuvo un genuino proyecto nacional.
Escribe Nora: “Estas aves conocen el brillo de la noche / La quietud de sus raíces / A veces con su canto / Se alejan en silencio de inocentes árboles asesinados, / De modo que ya no duermen en sus ramas.”
La propuesta de la poeta frente a la modernización tecnológica sin modernidad es, sin duda, la recuperación del afecto a la naturaleza, un afecto que es sustancia y forma de las tradiciones ancestrales, en las que el tuku (lechuza) tiene un lugar especial como mensajero del uku pacha o inframundo y cuya ausencia podría generar desequilibrio en las relaciones de todo cuanto existe.
Aquí surge con nitidez la relación olvido – memoria, una relación de oposición y de lucha, donde debe vencer la memoria de las cosas que deben reconstruirse frente al olvido de los poderosos y su dominación. Una memoria que a veces desencadena levantamientos, porque “El deseo de los pobres / No se oye en este pueblo destruido”.
Son versos del poema Wakchakayniyku, una referencia a hechos violentos y cotidianos donde: “Las piedras vuelan silbando / Tras el objeto buscado / Como las aves que huyen del lugar tranquilo / Cuando despierta el conflicto… / De este modo anuncian el día del levantamiento / Luego presagian un día terrible…”.
El poema finaliza con una invocación: “Que nos devuelvan nuestro poder resplandeciente / Para que cese nuestra locura, / Para que vuelva a su camino natural / Y desde su impotencia / Retorne al seno de su corazón”.
Aquí se sugiere varias cosas, entre ellas recordar el principio fundante de la sapiencia andina, de que en el mundo todo está relacionado y a todo nivel; que para vivir plenamente, es decir bien, urge recuperar la armonía y el sentido festivo de la vida.
En todo el poemario, hay la denuncia de que vivimos en un mundo endurecido, donde se han enseñoreado el desamor, el odio y la desesperanza; un mundo de aridez espiritual, en donde los pueblos originarios van siendo destruidos o están en proceso de extinción. Un signo clave de esto último es lo que pasa por ejemplo con el idioma quechua, cuyo uso va siendo desplazado por otras lenguas y su número de hablantes se va reduciendo progresivamente.
Uno de los poemas más logrados, Suyapayasqay, sintetiza la denuncia señalada, me permito reproducirlo en su totalidad:
“Lejano croar del sapo / En lamentos que quitan el sueño / Cuando ni las aves alcanzan algo de sueño. / Pues cerca se encuentra una laguna límpida sin reflejos / Que enreda el dolor de la pobreza y el llanto. / ¿En qué reverberos bañaste tu corazón? / ¿A qué torrente arrojaste la añoranza de los humanos? / ¿Dónde pues echaste al viento, cual salvado el ímpetu odioso? / Y tu atolondramiento es la cueva de la nada / Como los pies en el sueño de un sordomudo, / Y no hay cuando llegue aquello que esperamos / En este gran mar amarrado con la noche / Que a veces olvida la tardanza de la aurora.”
El tono triste predomina en la mayoría de los poemas escritos por Nora en su libro e impregna en el lector un fuerte pesimismo respecto al presente, al modo vasconceliano, pero como contrapartida, se propone un remedio, una solución para construir un futuro distinto: el canto alegre, que no es otra cosa que recuperar el sentido festivo de la vida, recuperar el gusto por el amor y todas las cosas sublimes de la vida. Entonces se asoma, aunque tímidamente, el optimismo del futuro, hasta resonar fuerte en estos versos:
“Soy el canto floreciendo / En el corazón de una guitarra, / Alguien que canta contra la muerte de un idioma.”
En esta dirección, son símbolos claves, las imágenes de la lluvia y la aurora; la primera, que con su venida reverdece los campos áridos, y la segunda, que significa la promesa de un nuevo comienzo después de una noche con su mar de dolor y sufrimiento. Una aurora que no debe de tardar en llegar:
“Para que retoñe la buena vida / En el andén menos aparente donde nace el cóndor”.
Diecinueve poemas, todos escritos en la lengua de los warikuna y sus nietos los incas, en la variante Ayacucho chanca, pero pentavocálica, por la misma decisión manifiesta por la autora, de contribuir “a la unidad de nuestro idioma imperial”. Todos tienen su traducción al castellano, para el acceso de los lectores que no dominan el idioma, también para quienes incluso conociendo la variante dialectal Ayacucho chanca no están familiarizados con el uso de las cinco vocales.
Son poemas que se inscriben en la tradición popular oral, que se caracteriza por su asociación estrecha con la naturaleza. De allí la presencia recurrente de elementos propios de los espacios altoandinos, con matices especiales, que ayudan a configurar imágenes fuertes: relámpagos, lagunas hirvientes, cuevas de barrancos olvidados, viento frío de la puna, agua lodosa, ríos bulliciosos.
Se ve también las referencias a los animales: cóndor, picaflor, lechuza; a las flores, especialmente a la flor de la cantuta; y como no, a elementos culturales como el coca quinto e instrumentos musicales de uso tradicional en las montañas del centro sur andino peruano: guitarras, charangos, quena, arpa y violín.
Versos sencillos y muchos de ellos con tropos potentes, que nos hablan de la vena poética sustanciosa de nuestra paisana y buena amiga Nora Alarcón (Ayacucho, 1967). A la fecha, ella tiene publicados los libros: Alas del viento (2000), Bellas y suicidas (2010) y Malvas (2013). Textos que indudablemente enriquecen la literatura hecha por las escritoras peruanas durante las dos últimas décadas.

