HISPANISTAS VERSUS INDIGENISTAS, SU DISPUTA SOBRE LA EDUCACIÓN

Urbano Muñoz Ruiz
Poeta, narrador y ensayista
Magister en Comunicación Social – UNMSM
Doctor en Educación – UNSCH

Otro debate memorable sobre la educación peruana, y de impacto mayor que el protagonizado por Deustua y Villarán, fue la realizada en la década de 1930 por los intelectuales denominados “hispanistas” y los “indigenistas”. Un debate donde concurrieron indistintamente miembros de las generaciones que la historiografía peruana ha denominado como Novecientos (o 1900) y Centenario de la Independencia.

Se les llama “hispanistas” a los intelectuales que en su disputa sobre la identidad y el futuro del Perú como nación, que duró varias décadas durante el siglo XX, se caracterizaron por defender la tradición española de la Colonia y justificaron acontecimientos cruentos como la conquista en nombre de una labor civilizadora y evangelizadora.

Francisco García Calderón Rey, José de la Riva Agüero y Osma, y Víctor Andrés Belaúnde, miembros de la generación del Novecientos, fueron los que más brillaron en este bando. Su tesis principal fue que a la nación peruana hay que entenderla como la síntesis de las diferentes tradiciones culturales que han hecho la historia nacional y, por lo tanto, el Perú sería un país racial y culturalmente mestizo.

Frente a esta postura, esgrimieron sus argumentos los “indigenistas”, caracterizados por reivindicar el legado indígena y por apostar por una cultura nacional donde se valore y dignifique las culturas y lenguas de los pueblos indígenas. Destacaron en este bando Hildebrando Castro Pozo, Pedro Zulen, José Antonio Encinas (miembros de la generación del Novecientos), Luis E. Valcárcel, José Carlos Mariátegui, Víctor Raúl Haya de la Torre, Jorge Basadre, Luis Alberto Sánchez, Raúl Porras Barrenechea y Gamaliel Churata (miembros de la Generación del Centenario).

Sus planteamientos confluyeron en la tesis, contraria, de que el Perú no es una nación, sino un país en donde desde la conquista coexisten enfrentadas y en una relación de dominación y subordinación dos tradiciones culturales distintas: la occidental y la andina.

En el debate de los “hispanistas” y los “indigenistas”, la educación fue un tema muy importante.

Castro (2013), en el título Una educación para re(crear) el país, 1905 – 1930, señala que los “hispanistas” siguieron inicialmente los postulados de Villarán, con algunas diferencias y aportes propios. Fue el caso de Francisco García Calderón, quien, si bien insistió en la educación de una elite capaz de modernizar al país, planteó la importancia de la educación de la mujer, de los trabajadores y los ciudadanos.

Por su parte, José de la Riva Agüero puso el acento en la importancia de los indígenas y su contribución a la peruanidad. Pensaba que la peruanidad era el resultado del legítimo cruzamiento de lo español con lo indígena, por ello consideró que la educación debía concentrarse en formar a los peruanos en sus milenarias tradiciones.

Otro miembro de la misma generación, Víctor Andrés Belaúnde, planteó la importancia del factor religioso católico como movilizador de la cuestión nacional (por lo cual debía estar en el centro de la educación) y la necesidad de “asimilar” a través de la educación a la población indígena.

En el bando de “los indigenistas”, destacaron los postulados de Encinas y Mariátegui. Así, Gonzales (2013), en el libro Nueva escuela para una nueva nación, 1919 – 1932, al estudiar este periodo, en el cual emerge la generación del Centenario de la Independencia, relieva el pensamiento educativo de José Antonio Encinas (quien si bien pertenecía a la generación anterior, ideológicamente era más próximo a la generación del Centenario) y las ideas de Mariátegui sobre la educación.

Influenciado por las visiones pedagógicas de Dewey, Rousseau, Pestalozzi y Froebel, Encinas (1888 – 1958) promovió la innovadora Escuela Social, Nueva o Activa, según sus propias palabras. Su propuesta fue que en el proceso de construcción de una nueva nación el problema más relevante es el estado de opresión y marginación en que vive el indio, al que mediante una nueva enseñanza se debe incorporar a la sociedad y proveerle los conocimientos indispensables para que edifique su futuro y mejore las condiciones de su entorno social y económico.

En el caso de Mariátegui, marxista heterodoxo y de orientación socialista, consideró a la educación como parte del proceso cultural y económico nacional, y cuya finalidad debe ser constituir un nuevo orden social (una sociedad de productores) y forjar un “alma matinal”, enterrando a la sociedad caduca y al “hombre crepuscular”. En consecuencia, apostó por la educación única y sin discriminación social, inspirada en el principio de la educación basada en el trabajo productivo.

La postura hispanista fue hegemónica hasta la década de 1960, cuando comenzó a ser desplazada por las ideas indigenistas y andinistas, asociadas al repunte de las ideologías de izquierda (en Latinoamérica, bajo el influjo de la revolución cubana), en un contexto de importantes cambios en el país, consecuencia de los grandes procesos migratorios de la década de 1950.

En cuanto a la postura indigenista, durante el gobierno de Velasco Alvarado (1968 – 1975), varias de sus propuestas (atención al problema agrario, oficialización de la lengua quechua, reivindicación de los héroes culturales indígenas como Túpac Amaru) fueron asumidas por el Estado, pero, paradójicamente, bajo el enfoque de la integración o asimilación del indígena a la sociedad nacional – en cierta manera parecida a como lo planteaban los hispanistas-.

En el lapso señalado se discutió mucho sobre el carácter de la sociedad peruana, desde el enfoque clasista, que tiende a subsumir lo étnico, y se consideró como totalmente zanjado el debate entre indigenistas e hispanistas, al reconocer a la cultura andina como la matriz de una nueva cultura e identidad nacional-popular.