EN VERDAD QUIERO VERTE, PERO LLEVARÁ MUCHO TIEMPO

Con ocasión de la II Feria internacional del Libro de Ayacucho, estuvieron con nosotros los escritores argentinos Luis Mey y Romina Doval. El primero trajo su libro En verdad quiero verte, pero llevará mucho tiempo (Buenos Aires: Factotum Ediciones, 2017), novela de iniciación ambientada en un suburbio de Buenos Aires a fines de la década de 1980.
Mey narra las vicisitudes de Maxi, un niño de familia católica de condición económica modesta, disfuncional y violenta, que asume como valores tradicionales a Jesús, Maradona y Perón, y tiene dos grandes pasiones: el futbol y el ajedrez. La historia empieza cuando Maxi es enviado a la escuela pública y consecuentemente a la catequesis y el club de los boy scouts. Pronto, el niño advierte que estas tres instituciones no le ofrecen gran cosa, además de reproducir las creencias y limitaciones que ya ha visto en su propia familia: el autoritarismo patriarcal, una formación centrada en la enseñanza más que en los aprendizajes y un disimulado sentido discriminatorio frente a los que no comparten la fe católica.
Más adelante se ve a un Maxi rebelde, que asiste a la escuela no porque esté interesado en aprender las lecciones, sino para encontrarse con otros muchachos descarriados y divertirse golpeando a los escolares aplicados. En cuanto a los boy scouts, va a sus sesiones y campamentos solo porque le obligan y todo lo encuentra ridículo: la idea de las manadas, la costumbre de sus dirigentes de usar nombres de animales y otorgarse premios e insignias por actos insignificantes. Por otro lado, asiste a misa, bajo la amenaza de su madre, y lo que hace es dormirse o tragar a regañadientes la hostia.
El comportamiento de Maxi y sus amigos rebeldes genera la preocupación de quienes dirigen las instituciones señaladas. Tratan entonces de encausarlos hacia el camino “correcto”, por las buenas y por las malas. Esto es evidente en el caso de Maxi, a quien le atiborran de tareas. El resultado no es muy alentador. Maxi, al igual que sus amigos, se torna cada vez más descreído y violento, aunque aferrado a sus dos pasiones: el futbol y el ajedrez.
En efecto, en el tiempo que les queda libre, Maxi y sus amigos van a confrontar en partidos de futbol, pero contra un equipo mucho más organizado y siempre pierden, porque su “amistad” se basa en la desunión, la descoordinación y confrontación permanente, mientras que sus rivales son unidos y ordenados; eso lo reconocen, pero no hacen nada por remediarlo. El resultado es que Maxi y los suyos son motejados como “perdedores”, “malos”, en relación a los otros muchachos, considerados “los ordenados”, “los buenos”. El futuro de “los malos” no parece ser muy alentador: se avecinan nuevas derrotas, más violencia, sobre todo cuando traspongan los límites de la escuela pública y el suburbio y entren en contacto con los sectores donde ser pobre es peor que tener la lepra.
Pero no todo está dicho sobre Maxi y sus amigos. Por la vía de su afición al ajedrez, entran en relación asidua con el profesor Petrovsky, un solterón que alguna vez soñó ser campeón del denominado “deporte ciencia” pero terminó como profesor de la modesta escuela pública y vendedor de cosméticos a las profesoras para complementar su exiguo ingreso salarial. Petrovsky les enseña a los muchachos las técnicas para derrotar a los contrincantes, pero principalmente les infunde confianza y la necesidad de trabajar en equipo. Pronto comienzan a ganar partido tras partido.
Petrovsky, entusiasmado, da un salto audaz: inscribe al grupo en un torneo donde deben competir con equipos de escuelas privadas, con mayores posibilidades de triunfo. El premio mayor es un viaje a Mar del Plata. Para sorpresa de todos, Maxi y sus compañeros ganan reiteradamente y llegan a la fase final. Los padres de familia de las privadas protestan, amenazan, mediante terceros les ofrecen becas de estudio en instituciones prestigiosas – pero fantasmas, cuando se averigua bien el asunto- a cambio de que el equipo de Maxi abandone el torneo. Los padres de Maxi, que al principio no daban importancia a sus triunfos, se ganan el pleito. En el otro bando, los de la privada, en complicidad con la autoridad municipal, arman un boicot el día decisivo: el local donde se iba a jugar el partido final amanece con un aviso de que se va a realizar una desinfección por ratas.
El mensaje acá es claro: el orden establecido, diga lo que se diga en cualquiera de sus instituciones (familia, escuela, iglesia, medios masivos de comunicación y otras entidades que imparten los modos “correctos” de comportamiento), tiene bien definido las fronteras que separan a los de “abajo” de los de “arriba”, a los “ganadores” de los “perdedores”. Cada quien ya tiene su lugar preestablecido y debe mantenerse allí.
No obstante este sentido fatalista, la novela termina mostrando a un Maxi que ha madurado y aprendido parte de los valores impartidos en su familia, la escuela y los boy scouts, y que merced al esfuerzo honesto y la perseverancia es posible abrirse un horizonte diferente. El párrafo final es esperanzador: “Unos días después, los escuché hablando a mi viejo y a mi hermano, los vi abrazarse y entonces sí sentí que había terminado la escuela, que los scouts habían servido para algo y que habíamos ganado el torneo de ajedrez aunque ningún trofeo diera vueltas por la casa. Y ya no me pesaron tanto las fábricas cerradas alrededor del barrio. Pero pude escuchar con claridad su consecuencia: las crías de perros abandonados dentro, aullando y vaciando de ratas ese espacio de viejos sueños”.
Empleando una técnica lineal y con el plus de quien sabe sugerir contextos y situaciones, que da la ventaja de que el texto no se agote en la primera lectura, Luis Mey ha escrito una novela, además de significativa, divertida. La carga de humor es fuerte, alimentándose de la vena popular bonaerense, de su lenguaje y cultura, que son de las más emblemáticas en América Latina.

