LA TÍA CHABELA

Kewin J. Espinoza Castro
Director de Prens Perú – Apurímac

La noche del último año nuevo, a puertas de recibir el 2022, lejos de llegar con alegrías y buenas nuevas, la recibí con mis ojos inundados y rojizos; como siempre era costumbre alistábamos en la mesa uvas, granos (quinua, lenteja, frejoles, etc.), velas, flores amarillas y champagne para el brindis por supuesto, sin embargo, mi mente no estaba ocupada en aquellos detalles, mi corazón con mucha pena recordaba a la tía “Chabela”.

Siendo las 00:00 del 2022, en plena festividad de año nuevo, luego de los abrazos familiares, encendí una vela con mucha fe, una fe que evocaba que traslade un abrazo inmenso hasta otras dimensiones terrenales, donde las buenas almas descansan, quería que, a través de la luz de la vela blanca, pueda abrazar a la tía “Chabela”.

La tía “Chabela”, por supuesto, era mi tía, llamada así por sus hermanos a merito de su nombre Carmen Isabel; desde la claridad de mi ser y el sentimiento de corazón, guardo agradables momentos junto a ella, recuerdo que a una corta edad de 6 o 5 años, le acompañaba a un puesto de peluquería que tenía ella, aquellas cosas que se ponen en el cabello las mujeres llamados ruleros, era una especia de fichas de play go, con las cuales me dejaba jugar muy gentilmente, según yo, recuerdo que ayudaba arreglar el puesto, pero ahora estoy más que seguro que era lo contrario.

Estar en la casa de abuela, un domingo donde los hermanos se juntaban para ver a sus padres (los abuelos) era sinónimo de cocina, comida, tragos y baile, los primeros en salir a la pista de baile éramos los más menudos, y muchas veces casi llevados a la fuerza por la abuela, mientras todo ello pasaba en la pista de baile, podías ver a la tía “Chabela” bailando con el abuelo o con sus hermanos con una alegría contagiosa, cuando ya los adultos se animaban al baile los menores vivíamos una especie de libertad que nos permitía salir a jugar  a la calle.

Recuerdo las visitas que recibíamos de ella en casa y las que también hacíamos nosotros a su casa, siempre atenta y cortes, casi nunca faltaba la pregunta ¿una rubia heladita para la sed?, tenía una excelente sazón como buena trujillana, engeridora como toda madre con sus tres hijos y lo fue aún mucho más con el llegar de sus nietas.

Pese que siempre estaba cargada de alegría, era muy sentimental y solía llorar, velaba mucho por la salud de sus padres y hermanos, fue en esa oportunidad que puede descubrirla aún más y compartir con ella, eran días de silencio en casa, donde la sombra de casi nadie habitaba en los pasadizos de casa, todos andaban en el hospital pendientes de la salud de mi papá, teníamos que amanecer desde tempranas horas y quedarnos hasta altas horas de la noche (eso implicaba tener un paciente en el área de emergencia) y ella no era ajena a esa actividad.

De pronto los desayunos eran en compañía de la tía “Chabela”, al igual que los almuerzos y cenas, fue un placer emocional haber compartido con ella ese espacio de nuestras vidas, en uno de mis viajes a Lima, en diciembre del 2020 pude verme con ella, con una agenda algo apretada la trasladé desde Los Olivos hasta el centro de lima, en ese trayecto hablamos muchas cosas, como la muerte del abuelo, unos planes que ella tenía en mente para recaudar algunos fondos y realizarse unos exámenes, risas fueron y vinieron.

Al llegar cerca de la avenida Wilson, tocó la despedida, por cierta fuerza de mi alma y pese al tráfico que iba a ocasionar, decidí estacionarme a un lado de la vía para abrirle la puerta y despedirme, nos dimos un fuerte abrazo, compartimos algunas cosas y retomé al volante siguiendo mi camino, sin presagiar que sería la ultima vez que la vería.

Ella ingresó al hospital por un tema no covid, antes de su hospitalización y durante la misma le practicaron pruebas covid, con resultado negativo, su mal del brazo empeoró y de pronto dentro de aquel hospital se contagió de covid y fue llevada al área covid, a los pocos días ingresó a UCI y un fin de semana recibí la fatal noticia… la tía “Chabela”, nos había dejado, había fallecido sin podernos despedir, en ese instante mi cama no bastó para soportar el dolor de mi alma que se humedecía cada vez más con mis lágrimas.

Estamos cerca al año de su repentina desaparición, hay veces que estoy en una mesa, la recuerdo y aún lloro, hay veces que hablo con mi madre, denoto mi tristeza y siempre me dice ya macho, macho, ella está mejor… Y eso lo creo, de eso estoy seguro.