LA APUESTA EDUCATIVA DE JOSÉ VASCONCELOS

Urbano Muñoz Ruiz
Docente en la Universidad Nacional  San Cristóbal de Huamanga
Poeta, narrador y ensayista
Magister en Comunicación Social – UNMSM

Al hurgar en las fuentes el pensamiento educativo latinoamericano, se hallará siempre las contribuciones del intelectual mexicano José Vasconcelos (1882 – 1959), autor de un proyecto educativo muy audaz e innovador para su época.

Anastasio Sosa (2004), en su texto “El humanismo iberoamericano de José Vasconcelos”, recuerda que a Vasconcelos, en 1922, las asociaciones estudiantiles de Colombia, Panamá y Perú le otorgaron la designación de Maestro de América, por sus enriquecedoras obras. Merecido reconocimiento a quien como filósofo tuvo la visión de una Latinoamérica unida y que, como pedagogo, creyó en el poder de la educación como factor de igualdad social y dignificación de nuestros pueblos.

Al igual que Martí, confrontado con la realidad de su país devastado por los grupos de poder de mentalidad colonial y vocación autoritaria, el autor de La raza cósmica (1944) no se limitó a la producción intelectual y el combate ideológico, sino que tuvo activa participación política e incluso militar, por ejemplo, cuando intervino en el asalto a un cuartel de los esbirros del dictador Porfirio Díaz. Por eso no extraña que fuera perseguido y viviera en el destierro en más de una ocasión.

Durante el gobierno del presidente y líder de la revolución mexicana Álvaro Obregón, Vasconcelos fue Rector de la Universidad Nacional de México (hoy UNAM) y dio a esta emblemática casa superior de estudios su actual escudo con el lema “Por mi raza hablará el espíritu”. Explicó su significado: la universidad y el pueblo mexicano despertaban por fin de una larga noche de opresión. Después, se le designó Secretario de Educación Pública y tuvo la oportunidad de implementar la educación popular en el país, para lo cual convocó a educadores y artistas destacados.

Según Fernández y Tamaro (2004), en su artículo “Biografía de José Vasconcelos”, Vasconcelos creó, además, “numerosas bibliotecas populares y los departamentos de Bellas Artes, Escolar y de Bibliotecas y Archivos; reorganizó la Biblioteca Nacional, dirigió un programa de publicación masiva de autores clásicos, fundó la revista El Maestro, promovió la escuela y las misiones rurales y propició la celebración de la primera Exposición del Libro. Durante su gestión se encargaron murales para decorar distintos edificios públicos a los pintores José Clemente Orozco y Diego Rivera”.

Su obra filosófica está plasmada en títulos como Pitágoras, una teoría del ritmo (1916), El monismo estético (1916), Lógica Orgánica (1945) y De Robinson a Odiseo (1952). Ha trascendido por su refutación del positivismo y el utilitarismo, y la elaboración de un sistema fundamentado en el juicio estético, donde, como anotan Fernández y Tamaro (2004), “la belleza se convierte en una forma superior de la realidad y el método sintético de la música pone de relieve lo universal concreto”.

Se puede añadir también como aporte filosófico y sociológico de Vasconcelos su teoría de la “raza cósmica”, donde sostuvo que lo iberoamericano se va configurando como una síntesis de todas las razas humanas. Una expresión de su afán por contribuir decisivamente a la unidad de los pueblos de Latinoamérica sobre la base de una misma identidad.

Como parte de este pensamiento totalizador, el intelectual mexicano planteó sus postulados en el campo educativo.

Así, como señala María del Carmen Bernal (2005), en su libro La teoría pedagógica de José Vasconcelos, una gran preocupación de Vasconcelos fue: ¿cómo siendo el mexicano un pueblo de fuerte sentido estético y con una gran riqueza cultural la educación que se le ha impartido durante mucho tiempo no se haya centrado en la estética, mucho menos en la revaloración de la riqueza espiritual popular?

Por ello preconizó sobre la necesidad de implementar una educación física, ética y estética, teniendo como perspectiva el trazar un camino para el desarrollo espiritual del hombre nuevo de Iberoamérica, en contraposición a la visión pragmática y material de la civilización sajona, y el fortalecimiento de la identidad nacional (de raíces íbera e indígena).

En consecuencia, la educación “debía de dar al educando cierta especialización técnica, que le permitiera ganarse la vida, pero debía trascender más allá, es decir, proporcionarle una visión general del mundo invisible a los sentidos, que se aprecia con el intelecto y que está conformado por valores que están más allá de lo práctico y lo empírico”, como anota Sosa (2004).

En este proceso resultaba importante revalorar entre los profesionales de la enseñanza la vocación magisterial y fortalecer la convicción y la pasión por educar, además de dotarles de una sólida preparación pedagógica. Demanda que actualmente sigue teniendo vigencia en la mayoría de los países latinoamericanos.