VERSOS BAJO LA LUNA

Urbano Muñoz Ruiz
Poeta, narrador y ensayista
Magister en Comunicación Social – UNMSM
Doctor en Educación – UNSCH

A media noche, la luna rodeada de estrellas prodiga su luz prestada para mitigar la melancolía y conjurar el olvido en un mundo donde los vivos no parecen diferenciarse mucho de los muertos. Es la imagen que me suscita en general la lectura de Negro y blanco (Ayacucho: Ed. Amarti, 2018), el primer libro de poemas, de resabios románticos y fuerte carga existencial, de Ronald Pérez.

La primera sección del poemario, “Libertad”, contiene 27 poemas, vertebradas por la búsqueda de la voz poética propia como parte de la definición de la identidad del autor. El primer poema evidencia tal búsqueda: “Un poema puede empezar así… / El día se muere / tejiendo recuerdos, / la luna viene / cargando un abrazo.” En otro poema, confirma su definición, con una conciencia social que se asoma levemente: “Mi nombre es Ronald Pérez. / No soy espina entre flores / ni lobo dentro del rebaño”.

Es recurrente la asociación dialéctica y paradójica entre las figuras del día (que no necesariamente representa a la luz y la felicidad posibles del presente, sino que tiende a significar el ayer o los recuerdos de un ayer feliz) y la noche, casi siempre vinculada a la oscuridad e infelicidad del presente: “Debo decir que mi vida es noche, / camino en el infierno/ perdido”. Más adelante, dice: “En la noche de este día recuerdo que vivo”.

El tono intimista y existencial se rompe en el poema “Abran las ventanas y prendan una vela”. Se avizora una preocupación diferente, el estro poético va más allá de lo personal: la educación liberadora, de aulas abiertas, reidora, feliz, como respuesta a la educación mercantilizada que tiende a generar muertos vivientes en un contexto marcado por la automatización y el individualismo.

Entonces irrumpe cierta épica esperanzadora: “Maten el silencio y rompan las cadenas / lloren nuestra risa y luchen nuestro sueño / la pizarra no se pinta de negro / la educación no es mercado urbano / los niños no son ratones de viernes / que el papel no se cambia por capricho.”

La sección concluye con un poema que suena a epitafio para los muertos vivientes o los vivos murientes de monotonía y soledad, los zombis de nuestro tiempo: “Cruz / sombra / muerte / monotonía es muerte / soledad es muerte / es la consecuencia de / vivir / morir / vivir / nacer / crecer / morir /olvido”.

La soledad de los zombis o de quienes han perdido el sentido de la vida colectiva y se han agotado en su propio individualismo puede efectivamente significar la muerte, el olvido, pero hay otro tipo de soledad, de signo positivo, es la soledad enriquecedora y creadora de quienes se retiran momentáneamente de la vida en común para encontrarse con las cosas buenas que uno mismo lleva dentro.

Este sentido de la soledad lo encontramos también en los poemas del libro, es una soledad asociada a los sueños del poeta, quien busca liberarse de las ataduras de la rutina de un mundo donde es cada vez difícil diferenciar la noche del día. 

En “Noches”, la segunda sección del poemario, hay 12 poemas que condensan la crisis existencial del autor, asociando siempre las figuras de la noche y el día, en la forma que ya se identificó. “El día es noche y la luna no alumbra. / El día oculta su risa y emana melancolía. / Este día… esta noche duele. / Esta noche es el día”.

La melancolía es un tema constante y hay algo de rabia también, cuando el poeta escribe: “La noche es una perra / que trata mal al parroquiano sin dinero. / Es la sombra de una vieja / que juega con la marioneta de mi retrato”.

La asociación vivir – morir evidencia una vez más la angustia del autor en su mundo oscurecido, tétrico: “¿Cuánto más podré morir viviendo?”.

En algunos versos, el mundo aludido adquiere la forma esperpéntica de una pesadilla, de la cual quisiera despertar el poeta, pero eso sería volver al ayer, porque el presente no tiene remedio: “Si mañana al despertar / recordase que fui feliz / nuevamente seré niño”.

Es indudable que Alegrelandia es el norte de la vida, aunque sea solo en los recuerdos de un ayer feliz. Un mundo distinto, a la vez que irrenunciable para la memoria, pese a que ya se ha perdido irremediablemente en el mundo objetivo. Esta es la parte medular del universo poético de Ronald Pérez.

La sección “Verano invierno”, con 25 poemas, se diferencia de las otras partes del libro por un tema dominante: el amor y sus iluminaciones, capaces de vencer a la oscuridad de la noche.

“¿Cuánto he esperado el amanecer de esta noche?”, se pregunta Ronald. Más adelante, en “Dicotomía”, poema emblemático del libro, el poeta, en su papel de amante, dice a su amada: “Ves que la noche te espera para completar sus estrellas. / Ves que el sol quiere quedarse y seguir viendo tus ojos. / Ves que los colores envidian a la luz de tu cuerpo”, para terminar diciendo: “Y cómo quieres que yo no te piense en las estrellas. / Cómo quieres que yo no me pierda en tus ojos. / Cómo quieres que yo no sea negro y blanco.”

Negro y blanco contiene versos sencillos, algunos formalmente algo descuidados, pero cuyo valor poético está en su simbolismo sugerente a partir del juego de oposiciones día – noche y vivir –morir, y de oposiciones derivadas como búsqueda – encuentro, presencia – ausencia, verano – invierno, tristeza –alegría. El resultado le permite al lector descubrir la subjetividad de un poeta de nuestro tiempo, principalmente su drama como portavoz del pensamiento desinteresado en un contexto donde tal pensamiento es considerado por el común de la gente como propio de “locos”.

Pero “a la alegría vamos”, como escribió alguna vez Javier Heraud, y en este sentido, en la poética del joven ayacuchano Ronald Pérez se asoma algo más grande que el dialogar con uno mismo.