UNA NOVELA SOBRE LA FAVORITA DE BOLÍVAR
El incandescente fuego de la coronela (Lima: Ed. Altazor, 2021), de Carlos Rengifo, recrea la vida de Manuela Sáenz y trae a la memoria la guerra de la independencia latinoamericana.
La novela empieza por el final de la historia de Manuela, cuando ella, muerta por una epidemia de difteria en el puerto de Paita, se está quemando con toda su casa y sus perros. Lo que sigue es una reconstrucción de su vida, a través de la memoria histórica y de los propios recuerdos de la favorita de Bolívar durante sus últimos días.
Un detalle curioso es que se alude a otra mujer singular de la época e igualmente proveniente de Ecuador: Rosa Campusano, recordada como la amante que tuvo en Lima el general San Martín. La Campusano era natural de Guayaquil y la Sáenz, de Quito.
Ricardo Palma, en su tradición “La Protectora y la Libertadora”, narra sobre cómo las conoció, cuando ya eran de avanzada edad. Refiere que Alfredo, el hijo de Rosa, concebido con su esposo prusiano, se molestaba mucho cuando sus compañeros del colegio le llamaban “protector”. Resulta que las malas lenguas de entonces apodaban a la Campusano como “la Protectora”.
Rosa Campusano había nacido en el seno de una familia criolla que le dio la mejor educación. A los 19 años llegó a Lima, siguiendo a un español adinerado. Según Palma, era una bella mujer de viva inteligencia, que había leído a los clásicos franceses, lo cual era muy raro entre las mujeres de la época, quienes incluso entre las familias acomodadas apenas leían la biblia y el catecismo.
En 1817, la casona donde vivía Rosa era el lugar donde se reunían los aristócratas criollos que conspiraban contra el Rey, varios de los cuales estaban enamorados de ella. Cuando San Martín desembarcó con sus tropas en la bahía de Paracas, Rosa ya integraba una red, al igual que Manuela, para obtener información sobre el movimiento de los realistas. Parte de esta información lo conseguía Rosa en su lecho, de altos oficiales enemigos; incluso convenció a un oficial del Batallón Numancia, para que cambiara de bando con toda su tropa.
Leyendo la novela, se sabe que también Manuela participó en el complot, convenciendo a su hermano José María, capitán del Numancia, para que con sus 600 efectivos se pasara al bando patriota. Este hecho hizo que el virrey Pezuela entrara en pánico y su sucesor La Serna abandonara Lima y se retirara con sus fuerzas a la Sierra.
En enero de 1822, San Martín, constituido Protector del Perú, condecoró a las mujeres independentistas con la Orden del Sol, una banda bicolor (blanco y rojo), declarándolas caballeresas. Entre las condecoradas estaban Rosa Campusano y Manuela Sáenz.
No está comprobado si Rosa fue la amante de San Martín. Palma dice que este era un hombre bastante serio para estos trajines, pero maliciosamente agrega que pudo haber algo entre ellos. Rengifo no toca el asunto, quizás porque se lo guarda para otra novela.
En la comparación que hace Palma de ambas mujeres, dice que la dos eran grandes lectoras, bellas y patriotas resueltas. En cuanto a las diferencias, asevera que Rosa fue mujer de salón, librepensadora y gustaba de ir en calesa, mientras que Manuela fue mujer de acción, devota creyente y prefería montar a caballo. El tradicionista confiesa que si las hubiera conocido jóvenes se habría enamorado de Rosa, pero nunca de Manuela, a quien consideraba una mujer – hombre. En la novela de Rengifo, Manuela sale mejor parada.
Manuela nació como parte de una familia rica de Quito. Hija ilegítima del colector de rentas, fue internada como “donada” en un convento. Durante los siete años de su enclaustramiento, sufrió las agresiones de sus compañeras, que la llamaban bastarda. Ella, que era de un temperamento explosivo, reaccionaba violentamente. De vuelta al hogar de sus abuelos maternos, manifestó su afición por montar caballos; después, se vio que también tenía inclinación por el uso de las armas. Eran síntomas de que no era una niña común y corriente.
El contexto social era entonces de mucha convulsión en Quito, como en todas las ciudades de Latinoamérica donde se habían constituido juntas de gobierno autónomo, debido a que España estaba invadida por las tropas napoleónicas y había abdicado el rey Fernando VII. La conciencia política de los latinoamericanos iba madurando rápidamente en el sentido de que ya no necesitaban seguir dependiendo de España.
Expulsados los franceses y repuesto en el trono Fernando VII, los realistas lanzan una contraofensiva en toda Latinoamérica. Mientras tanto, Manuela está de nuevo internada en otro convento, completando su educación. Aprende a hablar inglés y francés. Allí conoce a José Ascázubi, un perseguido de los realistas, por haber firmado el acta de la Junta de Gobierno. Manuela, que como toda su familia odia a los patriotas, por considerarlos enemigos del Rey y de Dios, no sabe cómo reaccionar ante Ascázubi, pero luego, al conversar con él, se da cuenta de que los patriotas son mejores personas que sus enemigos y comienza a simpatizar con la causa de la independencia.
Poco después, ella conoce por cartas al capitán Fausto D´Elhúyar, amigo de uno de sus hermanos. Manuela se pone en contacto con él y lo convence para fugarse. Así, huyen a la provincia de Cuenca, pero el idilio no dura: Fausto descubre que Manuela es estéril y, para remate, aspira a ser protagonista del acontecimiento más grande de su tiempo. Manuela, por su parte, ve que el hombre no está a su altura.
El padre de Manuela no esperaba verla de nuevo, cuando ella se apareció en Quito y apresuradamente la casó con James Thorne, un flemático médico inglés.
Para evitar las habladurías, los nuevos esposos migran a Lima, donde ella se involucra con la red de criollos independentistas y como premio recibe la condecoración de San Martín. Pronto, llega la noticia de que su abuelo Jeremías ha fallecido, entonces Manuela parte para Quito, a reclamar los bienes que le tocan como herencia.
La guerra por la independencia recrudecía en Quito. En las afueras de la ciudad, Manuela se entrevistó con Sucre, quien preparaba sus fuerzas para la batalla de Pichincha. Ella le pidió que la integrase a sus tropas; el general solo accedió a que Manuela apoyara con las otras mujeres patriotas en la retaguardia. De este modo, en Pichincha, se la vio cargando los pertrechos y socorriendo a los heridos. Después del triunfo patriota, Bolívar ingresó a Quito y conoció a Manuela, quedando impresionado por su belleza y temperamento. Los detalles de este encuentro y de cómo quedó establecido el lazo que habría de ligarlos por el resto de sus vidas, los anota bien Rengifo. Interesante es el gesto del Libertador cuando llega a nombrarla miembro de confianza del Estado Mayor y guardia de sus archivos personales, con derecho a vestir uniforme militar y portar armas, motivando el malestar de otros jefes patriotas.
Por seguir a Bolívar, Manuela ha abandonado a su esposo. Ya en el Perú, combate, bravamente, sin temor a ser abatida, en las jornadas de Junín y Ayacucho. Por su acción en Junín es nombrada capitana y por su acción en Ayacucho, coronela. Es cuando la novela llega al clímax, el punto donde Manuela es extremadamente feliz.
Luego, viene el descenso, cuando ella sufre debido a las veleidades de su hombre tan mujeriego y por el fracaso del proyecto bolivariano de constituir la Gran Colombia, un conglomerado de países destinado a ser el contrapeso de los Estados Unidos de Norteamérica. Tres veces le salva la vida a Bolívar, enfrentándose a los asesinos pagados por los conspiradores, quienes a lo mucho desean constituir las republiquetas que se llamarán Venezuela, Colombia y Ecuador. Son los mismos que han hecho asesinar a Sucre en las montañas de Berruecos y que terminarán haciéndose con el poder. Manuela, convertida en uno de los pocos soportes del proyecto bolivariano, conspira también, pero ya no podrá hacer nada después del deceso de Bolívar.
Expulsada de Caracas, luego de Quito, la fogosa quiteña termina aposentándose en Paita, un puerto peruano de los más pobres, porque un médico le recomienda “baños de arena” para calmar sus dolencias ocasionadas por su vida guerrera.
Narra Rengifo: “para subsistir, vendía dulces y tabacos en la exigua tienda en su casa y servía de intérprete a los viajeros ingleses o franceses que llegaban al puerto”. Uno de estos viajeros fue el norteamericano Herman Melville, cuando no era todavía el gran escritor que llegaría a ser. La conversación entre el autor de Moby Dick y Manuela Sáenz es revelador del temple que se manejaba la favorita de Bolívar.
El final de la vida de Manuela ocurre cuando llega una epidemia de difteria traída por marineros extranjeros. Costumbre era incinerar los cuerpos de los infectados, con toda su casa. Eso fue lo que pasó con Manuela. La novela concluye, cuando Rengifo nos devuelve al escenario del principio y se ve cómo las llamas “prendían manteles y sábanas, que incendiaban libros y baúles, haciendo desaparecer la silla rodante, la hamaca de Guayaquil, a los dos canes sacrificados, invocando con su ópera de candela el infausto protagonismo de las cenizas, la cremación irreversible de la memoria, los vaivenes del humo asfixiante que dejaba tras de sí el último estertor del olvido”.
Memoria y olvido son dos recursos indesligables de la condición humana en su devenir. Dos recursos, que Carlos Rengifo (Lima, 1964) utiliza para desplegar su arte narrativo, engarzando recuerdos y episodios históricos hasta configurar una dinámica temporal circular, mediante el uso hábil del raconto. La prosa es ágil y musical por sus oraciones cortas bien enlazadas con oraciones largas; una prosa detallista en la presentación del personaje principal, también cuando se da cuenta del contexto histórico.
La técnica ya lo habíamos identificado, con ligeras variantes en las otras dos novelas históricas de Rengifo: El jardín de la doncella (2011), novela ambientada en la Lima virreinal del siglo XVI, y El dolor en los labios (Lima: Ed. Altazor, 2011), que trata de la vida de las ayacuchanas María Parado de Bellido y Edith Lagos.
El incandescente fuego de la coronela es una obra muy entretenida y de gran valor literario, un merecido homenaje a Manuela Sáenz, mujer de excepcionales cualidades, de las que solo aparecen en tiempos de gran convulsión social.

