SIMÓN RODRÍGUEZ, EL MAESTRO DE LOS POBRES

Urbano Muñoz Ruiz
Docente en la Universidad Nacional  San Cristóbal de Huamanga
Poeta, narrador y ensayista
Magister en Comunicación Social – UNMSM

El pensamiento educativo latinoamericano comienza a configurarse tras la separación de nuestros territorios del dominio de España, cuando se estructuran los nuevos Estados latinoamericanos y una de las mayores preocupaciones es la búsqueda de un modelo educativo que permita la realización de la vida latinoamericana en términos de prosperidad y dignificación plena. Entre los primeros protagonistas de esta búsqueda destacan el venezolano Simón Rodríguez y el argentino Domingo Faustino Sarmiento.

Para contribuir al conocimiento del aporte de tan singulares maestros, y de otros como ellos a nivel del subcontinente y del Perú en particular, doy vida a mi columna intitulada Primum vivere, expresión que se asocia al antiguo adagio latino primum vivere deinde philosophari (“primero vivir y después filosofar”) y que es el lema de la tricentenaria Universidad Nacional de San Cristóbal de Huamanga, recordándonos la preeminencia de la experiencia frente a los planteamientos puramente teoréticos.

Simón Rodríguez (1771 – 1854), al igual que su paisano y amigo Andrés Bello (1781 – 1865), es conocido por haber sido el preceptor de Bolívar, cuando éste era niño (en Caracas) y mozo (en Europa). Pero en las últimas décadas, el Estado venezolano ha reivindicado su pensamiento educativo bajo el lema “toda la patria una escuela”. Muestra de ello es la edición del libro Simón Rodríguez: Inventamos o erramos (Caracas: Ministerio del Poder Popular para la Educación, 2007. 176 Págs.).

El título es un homenaje a uno de los hombres más adelantados del siglo XIX, considerado en su momento como el maestro de los pobres.

Dardo Cúneo, en el prólogo del libro, muestra la trayectoria vital y personalidad de Rodríguez. Preceptor desde los 19 años (“un maestro que enseña divirtiendo”, según Bolívar), inconforme hasta parecer un inadaptado (alguien que, por ejemplo, abandonó su apellido paterno Carreño por el de su madre), con un talento envidiable para aprender idiomas, conspirador perseguido por la Corona española (27 años de expatriación, de los cuales 24 recorriendo Europa), y sobre todo, crítico acérrimo del sistema de enseñanza virreinal (en general, del sistema social predominante en su tiempo) y propulsor de un tipo de educación nuevo para la recién emancipada Latinoamérica.

Finalizada la guerra continental y lograda la independencia política, Rodríguez suele recordarle a Bolívar que su tarea aún no está terminada. Él, que ha observado a una Europa agotada “con sus revoluciones a medio hacer”, está convencido que la utopía del filósofo inglés Tomás Moro solo podrá hacerse en Latinoamérica, pero para ello urge realizar “la segunda revolución, la económica”. La primera revolución, según sus propios términos la “pública”, está terminada, pero la segunda ni ha empezado. Transcribimos lo que sobre este respecto anota Cúneo: “A eso había venido, Bolívar, que realizó la primera revolución, había de realizar la segunda. Y con Bolívar él”.

“Yo dejé la Europa – le dirá al general Francisco de Paula Otero, desde Lima, 1832- por venir a encontrarme con Bolívar, no para que me protegiese, sino para que hiciera valer mis ideas a favor de la causa. Estas ideas eran (y serán siempre) emprender una educación popular, para dar ser a la República imaginaria que rueda en los libros y en los Congresos”.

Las palabras de Rodríguez tenían mucho de verdad. La revolución económica, desafortunadamente, no se logró en el siglo XIX. En consecuencia, sigue pendiente, aún hasta hoy, la independencia económica de Latinoamérica.

La propuesta educativa del intelectual venezolano aparece en su forma larvaria – cuando aquel es todavía un veinteañero – en Reflexiones sobre los defectos que vician la Escuela de Primeras Letras de Caracas y medios de lograr su retorno por un nuevo establecimiento (1794), que es presentada ante el Cabildo de Caracas y es rechazada. Ya madura, la encontramos en El Libertador del Mediodía de América y sus compañeros de armas, defendidos por un amigo de la causa social (1830), Luces y Virtudes Sociales (1840), Sociedades Americanas (1842) y Consejos de amigo, dados al Colegio de Latacunga (1850 – 1851).

Rodríguez denominaba a su propuesta “educación popular”, entendiendo lo “popular” como “general”. La propuesta estaba inspirada por el pensamiento de los enciclopedistas europeos, sobre todo Rousseau, y que, según Cúneo, tenía, para las recién emancipadas repúblicas, el carácter de un proyecto de organización nacional. Proyectando escuelas, Rodríguez proyectaba las nuevas repúblicas.

De acuerdo con la visión estratégica que motivó su regreso de Europa, Rodríguez consideraba que “la proyectada escuela es el instrumento básico de las etapas pendientes de la Independencia, es decir, la segunda revolución. Con esa escuela se desatan los pasos que faltan dar: Desde la escuela se abrirá el proceso de integración  republicana, se vencerá, definitivamente, al partido  colonial. Desde ella será posible preparar el orden económico y la moral social que corresponde al conjunto republicano, la filosofía que convenga a las nuevas sociedades. El orden económico tendrá por origen las lecciones de la naturaleza y por motivo a la razón como avanzada de la época. De ahí, derivan no plan cerrado, sino previsiones oportunas y abiertas”.

La propuesta educativa, en la cual cifraba sus esperanzas como motor de la independencia completa de Latinoamérica y, por otro lado, la realización plena de los ideales del humanismo ilustrado europeo, tenía que ser una educación “general” – con la advertencia de que educación no es lo mismo que instrucción – y acoger a los niños pobres de ambos sexos (no solo a los “blanquitos” hijos de los “notables”, miembros de las castas adineradas). Pardos y morenos de Caracas, indios y cholos de Chuquisaca, en fin los niños del pueblo latinoamericano empobrecido, debían ser prioridad de la nueva escuela. Aquí se asoma el principio que en pleno siglo XXI llamamos inclusión social, resonante en expresiones frecuentes de nuestro tiempo: política inclusiva, expansión de la ciudadanía y la inclusión, institución educativa inclusiva.

Y esta escuela debía de responder a las necesidades de las mayorías empobrecidas, para que éstas aprendan los tres oficios principales en el combate contra la pobreza del siglo XIX: albañilería, carpintería y herrería. Por lo tanto, se les debía impartir materias útiles (química, física, historia natural, lenguas nativas), en vez de enseñarles, por ejemplo, Teología y Latín, materias de la escuela de la época, convenientes para formar doctores de conocimientos áridos, clérigos y rezadores reproductores del sistema económico y social dependiente. El principio de la pertinencia se muestra aquí en toda su plenitud.

Así, Rodríguez preconiza una escuela, que en el nivel elemental, debe tener cuatro características: a) una escuela con “instrucción social” para lograr una nación prudente, es decir que permita desarrollar a los educandos las competencias para lo que ahora llamamos el saber convivir (el principio de la convivencia social como uno de los medios y fines de la educación); b) una educación “corporal” para hacer fuerte a la nación (se colige que debe haber un espacio importante para los ejercicios gimnásticos, como en la Grecia clásica); c) una escuela “técnica” para hacer experta a la nación (en consecuencia, deben crearse escuelas talleres, escuelas granjas, escuelas fábricas); d) una educación “científica” para hacer pensadora a la nación.

Muy adelantada para su tiempo, esta propuesta la hizo implementar Bolívar en Chuquisaca, en la recién creada república de Bolivia, en 1826, pero fracasó al poco tiempo ante la oposición de los “protectores de las costumbres viejas”, como llamó el mismo Rodríguez a los burócratas de la república criolla, muchos de ellos miembros antiguos del partido colonial o realista. Era una locura atreverse a tanto. Y Rodríguez incluso terminó difamado, llamado “loco” por sus detractores y enemigos.

Latinoamérica no estaba preparada para acoger una propuesta tan innovadora. Inventar o errar copiando modelos de otros contextos, gran dilema que el pensador venezolano propuso resolver optando por lo primero, como señala en Luces y Virtudes Sociales: “La instrucción pública en el siglo 19 pide mucha filosofía, que el interés general está clamando por una reforma y que la América está llamada por las circunstancias a emprenderla, atrevida paradoja parecerá… no importa… los acontecimientos irán probando que es una verdad muy obvia: la América no debe imitar servilmente sino ser original”.

Entonces, como dice Cúneo desde la patria bolivariana pasado casi 200 años, aquí seremos en cuanto capaces de hacer, con toda nuestra gente latinoamericana, un mundo ancho y propio, partiendo por resolver el problema educativo. Y seremos en cuanto originales en metas y medios, aceptando el gran desafío que lanzara el maestro Simón Rodríguez en su texto Sociedades Americanas: “¿Dónde iremos a buscar modelos? La América Española es original. Originales han de ser sus Instituciones y su Gobierno. Y originales los medios de fundar unas y otros. O inventamos o erramos”.

Si esto es así, el problema educativo latinoamericano solo será resuelto con inventiva, creando modelos originales, propios. Camino difícil, pero necesario y que se debe de transitar, como ya se ha venido haciendo, por ejemplo en el Perú, con la ambiciosa reforma educativa de 1972, lamentablemente truncada, como sostienen Trapnell y Zavala (2013) en su libro Dilemas educativos ante la diversidad, siglos XX y XXI.