PENSAMIENTO EDUCATIVO PERUANO EN EL SIGLO XIX

Urbano Muñoz Ruiz
Docente en la Universidad Nacional  San Cristóbal de Huamanga
Poeta, narrador y ensayista
Magister en Comunicación Social – UNMSM

En el prolongado período durante el cual el país se empantanó en la anarquía (1827 – 1860), pese a los ideales proclamados y a la existencia de ciertos canales que se abrieron para la movilidad social (como el ejército), las desigualdades persistieron, y la esclavitud, por ejemplo, fue legal hasta 1854. Esto lo señalan Chocano y Mannarelli (2013), en su título Educación del ciudadano y disciplina social, 1827 – 1860.

En este sentido, explican las autoras, “a poca gente le llamaba la atención que un niño se dirigiera a la escuela acompañado por un esclavo. Por otro lado, el Estado Peruano todavía contaba entre sus rubros tributarios con la contribución indígena… pese a la vigencia de formas serviles y de prejuicios raciales, las diferencias sociales y étnicas no fueron concebidas como “cuestión indígena” o “cuestión africana” por las elites políticas e intelectuales, ya que se esperaba que conforme se asentara la institucionalidad republicana, los indios y los descendientes de esclavos quedarían integrados en una ciudadanía sin diferencias étnico-culturales. Solo en la segunda mitad del siglo XIX y definitivamente tras la guerra con Chile, se planteará la situación de los indígenas y de la población no blanca como problema o “cuestión” que impedía la constitución de una nación “verdadera”.

Hay dificultades para universalizar la educación primaria, como consecuencia de la persistencia de las desigualdades. Por otro lado, en los debates sobre la educación entre conservadores y liberales destacan Bartolomé Herrera, Francisco Laso, Juan Espinoza y principalmente Francisco de Paula González Vigil.

El liberal González Vigil descolló como seguidor de la tradición secularizadora en el Perú, en la medida en que estuvo a la cabeza de quienes buscaron definir la jurisdicción de la iglesia para separarla de los asuntos públicos y de aquello que le competía al Estado, y cuestionó la naturalidad con que se adjudicaba la labor educativa a la iglesia, temiendo la influencia de intereses particulares en las asociaciones educativas.

Entre los años de 1860 y 1879, lapso de relativa estabilidad política, donde se da el fenómeno del boom del guano y la emergencia de una nueva burguesía, hay un gran despliegue de esfuerzos de la elite política, las asociaciones civiles y los gobiernos por plasmar en leyes e instituciones los ideales liberales de la época: libertad de enseñanza, educación pública primaria para todos, educación superior para las elites, secularización de la educación, y difusión de teorías y métodos científicos en la educación superior.

En este proceso resalta el gobierno de Manuel Pardo que promulga el reglamento de 1876, que significa una reforma total de la educación, y difunde la revista El Educador Popular, promotor del modelo educativo norteamericano laico y tecnicista.

Aljovín y Velázquez (2013), en su contribución La reforma educativa liberal, 1860 – 1879, dice que este Reglamento General de Instrucción Pública (1876) dividía a la educación en oficial y libre o particular. Es decir, “se fortalecía la dicotomía entre la educación pública y la educación privada. Además, se establecía taxativamente que la instrucción pública estaba dividida en primaria, media y superior. La primera se daba en las escuelas, la media en los colegios y la superior en las universidades, escuelas e institutos especiales. Se determinó que la principal autoridad fuera el ministro del ramo, asistido por un Consejo Superior de Instrucción Pública. Las municipalidades distritales y provinciales asumieron el control económico y administrativo de las escuelas, lo que implicaba una voluntad orientada a que las comunidades locales obtuvieran mayor protagonismo en la educación de sus hijos, aunque ello no implicaba que el gobierno central no pudiera ejercer controles a través de sus inspectores. Finalmente, este reglamento ofreció una detallada descripción de las materias de los tres niveles, el régimen administrativo de cada uno y los requisitos para desempeñarse como preceptores, profesores y catedráticos”. 

En los debates y discursos sobre la cuestión de la educación persiste la hegemonía del pensamiento católico, con algunas variantes: liberalismo católico (Francisco García Calderón Landa, Tomás Dávila, Luis Faustino Zegers, Ricardo Palma y otros defensores del regalismo y una educación laica) y catolicismo conservador (José Mariano Goyeneche, por ejemplo, defensor de un Estado confesional y de la influencia directa de la religión católica en el sistema educativo).

Una postura alternativa es la de los racionalistas positivistas (Mariano Amézaga, Javier Prado, José Arnaldo Márquez y Mercedes Cabello de Carbonera), que proponen una educación laica y científica orientada a la formación de ciudadanos libres y racionales, y de profesionales útiles a la sociedad y al Estado.

Pero a pesar de las diferencias de estas posturas, “en todos los casos prevalece la búsqueda de una civilización que anhela el progreso material y las maneras de la cultura occidental, y que significaba también un rechazo de la cultura indígena y de la cultura popular urbana con fuerte presencia de afrodescendientes. No obstante esto último, muchos de los que pensaron el problema de la educación fueron a la vez muy críticos de la situación social del indio. Tampoco hay que pensar que la idea de civilización no tuviera sus aristas polémicas. Obviamente los tuvo. El positivismo apostaba, por ejemplo, por un tipo de progreso específico, un modelo de civilización que contrastaba con las ideas religiosas dominantes. Por un lado, eso lo hizo un pensamiento muy combatido; por otro, lo convirtió en un discurso y una agenda atractiva para los hombres públicos y letrados de su tiempo”.

La crisis económica de la década de 1970, la guerra con Chile (1879 – 1883) y la bancarrota fiscal que esta ocasionó hicieron que el avance logrado con la reforma educativa liberal se replegara. De manera que en la etapa siguiente, conocida como la Reconstrucción Nacional (1884 – 1895), se tuvo como desafío principal reconstruir el Estado y crear las bases para forjar una nación.

Castro (2013), en su título Reconstruir y educar: tareas de la nación, 1885 – 1905, identifica como importantes reflexiones sobre educación durante esta época, los discursos de José María Quimper, Manuel González Prada, Javier Prado, Clemente Palma y Joaquín Capelo.

Todos coinciden en que la falta de una cohesión nacional, debido a la inexistencia de una nación real, fue la principal causante de la derrota ante Chile y que hay la necesidad fundamental de desarrollar la educación cívica en el proceso de reconstrucción nacional. En todos, “el tema educativo adquiere un papel más que expectante (…), hay un cierto consenso en que sin educación no hay manera de sacar el país adelante, ni forma de construir la nación de los peruanos. Pero, la cuestión de la educación en el Perú de estos años tiene varios desafíos. Uno de ellos es cómo encararla en un país en ruinas y que poco o nada había hecho por la educación de sus ciudadanos de a pie”.

Se cierra el siglo XIX, mientras sigue el debate, con posturas racistas, como la de Clemente Palma (1897), para quien debían desaparecer los indígenas por su condición de “raza embrutecida, decrépita y sin porvenir”.

Lo gratificante es que cada vez hay mayor presencia de posturas liberales y anarquistas, así como democráticas e igualitarias, sobre la necesidad de que el Estado de la posguerra asuma lo que no pudo hacer el Estado de la Independencia: construir una nación.

En esta dirección encontramos a González Prada, quien fustiga duramente a los responsables de la derrota ante Chile: la elite criolla y los gamonales de provincias que solo promovían una instrucción que “se debe definir como el arte de embrutecer y envilecer a los hombres”. Y señala que urge implementar una “educación para la regeneración nacional”, laica, científica y moderna, con lo cual se debe despertar a la “raza indígena”.

Así, en su libro Páginas Libres, González Prada escribió refiriéndose al indio: “Enseñadle siquiera a leer y escribir –-, y veréis si en un cuarto de siglo se levanta o no a la dignidad de hombre. A vosotros maestros de escuela, toca galvanizar una raza que se adormece bajo la tiranía del juez de paz; del gobernador y del cura, esa trinidad embrutecedora del indio”.