EL CAUTIVO DE BLANCO
De un lirismo intenso y denso en imágenes, El cautivo de blanco (Lima: Ed. Apogeo, 2018), primer poemario de Francois Villanueva, muestra el resultado de una denodada labor por lograr un lenguaje poético genuino, en correspondencia a las emociones y pensamientos del autor. El andamiaje es sólido, nutrido por el conocimiento de poéticas diversas y una memoria capaz de transitar por los múltiples senderos de la historia y la geografía. La mitología tampoco está ausente, constreñida a su variante grecorromana, pero no desdice la patente de ciudadano del mundo que enarbola el poeta.
La primera parte del libro, “La lluvia y el desierto” (encabezado que expresa la dualidad: búsqueda – logro del cometido poético), tiene 10 poemas.
Francois arranca confesando su condición de pequeño dios, en el sentido asumido por Huidobro (“Aquí el demiurgo cabalga en una cuadriga por el mundo”); asimismo, manifiesta su anhelo mayor: el poema total o la búsqueda de la belleza absoluta en todas las estaciones terrestres (primavera, verano, otoño e invierno), donde el maridaje de la vida con la muerte (Eros y Thánatos) tendrá como resultado el más intenso goce poético. “Oh Patria, mi amada Tierra he germinado en cuatro”. Más adelante, escribe: “En el centro de mi canto hay un suspiro pardusco / y Thánatos juega con ella, la Poesía”.
El poema “Bellezas inefables” es un canto a la poesía, un canto atravesado por el afán de conjurar el tedio y el desamor. “El tedio cuando no estás tú / Es un responso fúnebre y sublime / Que recuerda la liturgia de tu poder”, declara el poeta
El poema “La canción del vacío”, uno de los más logrados, es un homenaje a quienes, desde la perspectiva del pensamiento desinteresado, apuestan por la poesía. Es decir, un reconocimiento a quienes cantan de a verdad, solo por cantar, que ya es bastante en el contexto social utilitarista y mercantilizado.
La taberna, como espacio privilegiado de la bohemia, se asoma aquí: “Tus ecos resuenan en las tinieblas de la taberna / Como una llaga dulce en la llanura, cantos tardíos”. La veremos más adelante reiteradamente, una esquina “azul”, que no todos pueden ver. Una evocación al modo de Rubén Darío.
Así, en “La esquina inolvidable”, otro buen poema, Francois dice: “(…) una taberna sombría / Despedía azarosamente un aroma excitante / Y una trémula rosa en la puerta siempre abierta / Se erguía pequeña al costado del estropajo / (…) Yo fui su atribulado jardinero por unos días / (…) Deseo que la lluvia / la purifique sublimemente / Que los insanos la cuiden y no llore por su destino / Que es como el mío, un arduo barco a la deriva”.
“Las orillas y el crepúsculo”, la segunda parte del libro (14 poemas), se orienta a conjurar una vez más el desamor a partir de una suerte de renovación de votos matrimoniales del poeta con su amada, la poesía, pero que, considero, no se logra consumar. De allí el tono pesimista que impregna la mayoría de estos textos. “He sepultado la flor de tu amor entre la hierba azul”, dice, por ejemplo, en el poema “La flor sepultada”.
Los temas abordados en esta parte, son entonces sutilezas derivadas de la embriaguez del bardo en el mismo rumbo de la primera parte del poemario: esencia de la poesía, identidad del poeta, la eufonía como rasgo formal distintivo de su poesía, la pasión como condición sine qua non de la realización del poeta. Algunos versos lo expresan claramente: “los poetas son solipsistas, de esta realidad y de las otras / Cual habitante de un manicomio observa el Más Allá / Cantando su himno del cielo y de la tierra”.
Sutilezas, delirios, hasta el agotamiento del estro poético. En su diálogo consigo mismo, Francois parece perder por momentos la batalla contra su enemigo mayor, el tedio. Es notorio el desborde retórico, en los poemas, todos formalmente bien trabajados, pero sin la gracia alimentada por la búsqueda de la esencia poética, de la primera parte.
Ello lleva a recordar que la mejor literatura, más todavía en su forma de poema logrado, tiene como uno de sus rasgos distintivos el duro combate contra la monotonía del lugar común y su efecto, el tedio. Francois lo sabe y que para conjurarlo debe buscar la rima inusual, el tropo original. Pero ello no resulta fácil, como ya lo había señalado con humor Maiakovski: buscar una rima nueva es como buscar petróleo, hay que cavar tantas veces como sea posible y aun así quizá no se encuentre el anhelado tesoro.
La tercera parte del libro, “El abismo y el mar” (11 poemas), empieza con “Néctar nocturno”, un texto donde el poeta ya no dialoga más consigo mismo, por ello es de una frescura alentadora. “Las olas chancan el barco en el arrecife / Los marineros, navegantes ebrios de alegría / Cantan sus últimas canciones y liban / Y la bola de fuego se esfuma tras las aguas”.
Más adelante, está el poema “Escenas cansinas”, con la misma frescura de quien deja por un momento de hurgar en su conciencia individual y se acerca a la colectividad, siempre bullente en el proceso de construcción del hecho histórico. Encontramos estrofas inmejorables, consigno una: “Las canciones de los sordos son endemoniadamente / Mentales, como las voces de un esquizoide alicaído / De tristes tonadas y letras enclaustradas en la mente / Que recuerdan al enfermo sufriendo el letal vahído”.
Los más de los poemas tienen un sabor existencial, incluso elegíaco, que calza bien con el encabezado de la sección.
El último poema, “El cautivo de blanco”, emblemático, es un recorrido rápido por todos los asuntos trabajados en el libro, con renovada vitalidad, merced al uso de rimas asonantes y la presencia de elementos mitológicos. Proserpina, la mítica esposa del dios del infierno, que llega estacionalmente a nuestro mundo trayendo la primavera, parece representar la esencia de la poesía, en pos de la cual se desvive el poeta. Es un referente potente, bajo cuyas iluminaciones bien puede cantar su despedida el “cautivo de blanco de ternura real / Enclaustrado sin fin en una guitarra”.
El libro se cierra con la página “Palabras del autor”, que presenta las claves para entender y apreciar la “poética de la ternura y su eufonía”, desplegada por Francois Villanueva (Ayacucho, 1989). Sin duda, estamos ante un joven poeta de vuelo notable en el panorama literario ayacuchano; poeta y narrador, además de crítico en medios de comunicación con espacios para el periodismo cultural.

