PICANTE NOVELA AYACUCHANA

Urbano Muñoz Ruiz
Poeta, narrador y ensayista
Magister en Comunicación Social – UNMSM
Doctor en Educación – UNSCH 
 

Las tribulaciones de un huantino en Huanta (El niño desterrado), de Prometeo Cárdenas Elguera (sin sello editorial, aunque se consigna que el año de edición es el 2022), narra la historia tragicómica del vástago de una conocida familia ayacuchana, los Cárdenas, y recrea el auge y ocaso de los hacendados de la región. Exuda harto humor y denuncia social, recordándonos los tiempos en que unas pocas personas “blancas” tenían todo el poder mediante la explotación de sus sirvientes “indios”.

El humor asoma desde el título, Tribulaciones de un huantino en Huanta, como si lo hubiera escrito un huamanguino malicioso.

Pero el autor es ciertamente huantino. Lo conocemos un poco más por el prólogo, donde cuenta sus peripecias como narrador novel, ilusionado con la idea de trocarse en escritor famoso y rico no bien publique las locas aventuras de su padre, y cómo, pese a la advertencia de un veterano en el oficio, de que para ser escritor famoso y rico primero hay que ser famoso y rico, continúa en su propósito.

Páginas adelante hay expresiones atrevidas, como cuando se afirma que todos los huantinos son huevones, es decir tienen los testículos agrandados, debido a la influencia de su medio ambiente y al abuso de la chicha de molle. Sin duda, el calificativo “huevones” significa más de lo que denota la explicación que lo acompaña.

Miguel Cárdenas Samanez, el personaje narrador, empieza su historia con una leyenda: tras una sequía que devastó al Tahuantinsuyo durante el gobierno de Yahuarhuaca, un huantino, resentido con la administración imperial, atacó al Cuzco con un millón de hombres, pero el nuevo inca Wiracocha los derrotó en varias batallas y en la última amontonó innumerables cadáveres y al lugar llamó Ayacucho, “rincón de los muertos”.

El siguiente episodio es la invasión de los conquistadores españoles capitaneados por Pizarro. Entre ellos viene Francisco de Cárdenas, quien al poco tiempo recala en Ayacucho y, emocionado por la historia del lugar, gracias al testimonio de un lugareño, funda una ciudad, pero esa misma noche, “como una coincidencia o por haber escuchado mucho el nombre de Wiracocha”, este se le aparece en sueños y lo maldice: “¡Por haber profanado el lugar sagrado de los muertos y haber traído la idea de otros dioses que no comprendemos, saldrá de tus carnes un hombre que destruirá esta nación que tarde o temprano será el rincón de los muertos!”.

Con este anatema se sella el destino de los Cárdenas de Huanta, donde según el narrador, dejó su linaje el conquistador español. Luego, anota que, trece generaciones después, José María de Cárdenas compró de las  monjas clarisas de Ayacucho la hacienda Gran Pomancay, cuyo territorio abarcaba desde los bordes del río Cachi, en el valle de Huanta, hasta el río Piene, en la selva amazónica, a tres días de camino.

Se cuenta que hasta antes de la compra de propiedad tan extensa, los De Cárdenas vivían modestamente, temerosos de la maldición del Inca. La maldición comienza a hacerse efectiva cuando alcanzan la prosperidad adquiriendo la Gran Pomancay.

Al nacer sus hijos Nozar, José y Victoria, procreados con la ciudadana española Casimira Casamayor, don José María quita la “De” de su apellido al momento de inscribirlos en el libro de nacimientos de la Iglesia Matriz de Huanta, por ello en adelante serán conocidos ya solo como los Cárdenas. Este hecho ocurre al comenzar la década de 1870, cuando el valle, debido a sus “hombres que se daban a la violencia con facilidad”, termina convertido en escenario del enfrentamiento entre quienes defienden al gobierno y los que apoyan a un militar disidente: Cáceres.

Luego, acaece la guerra con Chile y los invasores llegan a Huanta y aprovechan el divisionismo de los vecinos, aunque finalmente son expulsados por los montoneros comandados por Miguel Lazón. Después, los bandos rivales, pierolistas y caceristas, encabezados por Feliciano Urbina y Miguel Lazón, respectivamente, continúan sembrando el saqueo y la muerte en el valle. Esta situación concluye con la llegada de la división pacificadora del coronel Juan Domingo Parra, quien con harta crueldad derrota y fusila a los montoneros, que eran mayormente gente de las partes bajas de Huanta, pero también a los pobladores de las punas, inocentes en realidad y que sin mediar explicación son exterminados, solo se salvan los que huyen a la selva.

El saldo de estos sucesos, que según los documentos históricos corresponden a las décadas de 1870, 1880 y 1890 (por ejemplo, la división de Parra regresó a Lima en mayo de 1897), es desastroso para los hacendados. Están arruinados debido a la destrucción de sus feudos. En la novela se detalla sobre el caso del dueño de la Gran Pomancay, quien ya no puede trabajar sus campos por falta de garantías y cuando fallece, su cadáver es sepultado pobremente en el cuartel “San Lázaro del Cementerio General de Ayacucho.

Los episodios siguientes narrados en la novela son una cadena de desgracias en el devenir de la estirpe de los Cárdenas, con algunas situaciones breves de prosperidad.

En todo este proceso,  se ve a personajes controvertidos, como el maestro de escuela Jesús Urbano, “psicópata” golpeador de alumnos, quien tiene su contraparte en Manuel Galdo, maestro ejemplar; o el doctor Canales, mal médico que solo atiende bien a los clientes adinerados y que tiene su contraparte en Máximo Gómez, médico quechuahablante, muy humanitario.

Mención aparte merece el coronel Pedro Prada, con conocimientos científicos, emprendedor, aunque de temperamento colérico y propensión al abuso de la gente indefensa. Se casa con Victoria Cárdenas y le da una vida más que desgraciada, pese a que ella ha heredado la mejor parte de la Gran Pomancay y pese al propio talento emprendedor de Prada, quien trata infructuosamente de introducir la industria de la seda natural en la selva ayacuchana y hasta instala una cervecería en la ciudad de Ayacucho.

Otro personaje interesante es el sacerdote Pedro José Cabrera Betalleluz, “cura colado” (dueño de su diócesis hasta su muerte), quien compra lo que queda de la Gran Pomancay. El hombre es muy rico y padre de una prole numerosa; fruto de sus amoríos con la aristocrática andahuaylina Ana María Samanez Martinelly, tiene a su hija Felícitas Samanez Betalleluz (por vergüenza adopta como apellido paterno el apellido de su madre y como apellido materno el de su padre).

El primogénito del extinto don José María de Cárdenas, Nozar, se casa con Felícitas; de esta unión nace Miguel, el personaje narrador de la novela.

Desafortunadamente, la madre de Miguel tiene preferencias por sus hijas y a sus hijos los trata fríamente, incluso “destierra” al pequeño Miguel a la casa de la abuela Casimira Casamayor, quien de mala gana se hace cargo de su crianza. De allí viene el subtítulo de la novela: El niño desterrado. Tal “destierro” es el comienzo de las tribulaciones del personaje narrador.

Una constante de los miembros de la familia es la falta de carácter para concluir lo que empiezan o, peor aún, para decirle no a las personas. Por eso, casi siempre se ven envueltos en los proyectos de personas más decididas, como el fosfórico coronel Prada o el ingeniero Carlos La Torre, un yerno que aparece posteriormente.

Otra constante de los Cárdenas es su vocación por servir a cuanto viajero o visitante se les aproxime, le dan posada y alimento gratuitamente. Funciona como una segunda maldición, sumada a la lanzada sobre ellos por Wiracocha.

También se puede señalar como dos constantes adicionales de los miembros de esta estirpe huantina su gusto por la lectura de novelas y su pereza proverbial, las cuales, aunadas a sus otros rasgos distintivos, terminarán a la larga sumiéndolos en la pobreza.

En la relación de las tribulaciones de Miguel abundan detalles pintorescos referidos a familias notables de la región, cuadros de usos y costumbres del siglo XIX y hasta las primeras décadas del siglo XX, como los viajes en mula o a pie debido a la falta de carreteras, los entierros de tesoros de los individuos ricos o la Barra, costumbre que se estilaba en Huamanga cada sábado de gloria durante la Semana Santa: los palomillas se colocaban a ambos lados del puente que comunica la ciudad con el camino hacia el cerro Acuchimay e insultaban feamente a los vecinos notables que iban a la feria.

Las notas agrias son los abusos que cometen los hacendados contra la gente que les da de comer: los sirvientes “indios”. El racismo de aquellos se debe a que se consideran “blancos” superiores, pese a que por sus propias venas circula la sangre indígena, y no contentos con explotarles, violan a las hijas de sus sirvientes. Luego de que ellas dan a luz al fruto del estupro, las hacendadas hasta les arrebatan a los infantes y los dan en adopción a otras personas “blancas”; y cuando los sirvientas y sirvientas mueren, casi siempre enfermos por la mala alimentación y los maltratos recibidos, los sepultan envueltos en sus andrajos en un hueco cualquiera.

Datos interesantes aporta Miguel sobre las enfermedades propias del valle: el paludismo y la hepatitis “B”. Esta última diezma desde tiempos inmemoriales a los huantinos; su nombre original habría sido “Huanti”, voz que con el tiempo derivó en Huanta. También se menciona al “tapa” o akatapa, mal que ataca y puede matar a quienes se exceden en comer tunas.

Muy lector y aventurero, Miguel explora la vida natural y social más allá de los confines de la región. Así, se matricula en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos para estudiar Filosofía y Letras, pero se aburre pronto debido a la mediocridad de los catedráticos; años después, durante el gobierno del doctor José Matías Manzanilla (largo rectorado: 1924 – 1931), retoma los estudios en un contexto de agitada vida estudiantil y los abandona de nuevo para seguir infructuosamente los pasos de una bailarina rusa.

Después, se le ve tratando de llegar a pie al Cuzco. Pero como a todos los de su estirpe, su inconstancia le hace volver atrás, ya cuando está por alcanzar la ciudad imperial.

Inconstante, aunque de gran sensibilidad social, Miguel denuncia los abusos de los terratenientes y las arbitrariedades del Estado, en correspondencia a su compromiso expresado en la dedicatoria de la novela: “Al pueblo de Huanta, a sus humildes labradores, y a todo aquel ciudadano, que a pesar de todas las injusticias, brutalidades y olvidos, ha dedicado su amor, lealtad y trabajo por este pueblo siempre olvidado”.

Una de las mayores arbitrariedades cometidas por el Estado peruano en contra de la gente más humilde, que narra Miguel, ocurre durante la construcción de la carretera hacia la ciudad de Ayacucho. La ley de Conscripción Vial, dada durante el gobierno de Leguía, solo afecta en los hechos a los campesinos pobres, que son empleados una y otra vez como esclavos, a quienes ni siquiera se les proporciona alimentos.

Otra virtud de la novela es que da cuenta del proceso de involución de la mayor parte de los terratenientes huantinos que solo saben vivir de sus rentas y se hacen pobres, incluso miserables. El ejemplo más patético lo da Olga, la nieta favorita de Felícitas, la matriarca de los Cárdenas: termina convertida en prostituta.

También se novela sobre los intentos de algunos terratenientes por industrializar la caña de azúcar y diversificar la producción elaborando aguardiente, con éxito. Es el caso del ingeniero Carlos La Torre. Este, al casarse con una hermana de Miguel, se torna en dueño de Iribamba (fundo desprendido de la Gran Pomancay) y resulta siendo el abuelo de Augusta La Torre, quien décadas después será la mentada “Camarada Nora”.

Finaliza la historia con una visión apocalíptica de Miguel: su sobrina nieta Augusta irrumpe en la abandonada Casa hacienda de Iribamba, seguida de un centenar de campesinos insurrectos; en la retaguardia se ve a Abimael Guzmán. El discurso que da “Nora”, antes de quemarlo todo, es una condena a la sociedad opresora y el anuncio de una nueva vida para los pobres y desvalidos del país. Así, se cumple la maldición de Wiracocha de que un miembro de la estirpe destruye a la nación peruana y convierte a Ayacucho, una vez más, en un rincón de muertos.

Narrada en primera persona y empleando una técnica lineal, la novela se resiente por su lenguaje algo descuidado, empero, se puede leer con avidez merced a las ráfagas de humor que hacen amena la lectura y, sobre todo, por sus descripciones detalladas que aportan al conocimiento del proceso histórico de la bella Esmeralda de los Andes.