EL DEBATE DE DEUSTUA Y VILLARÁN SOBRE LA EDUCACIÓN PERUANA

Urbano Muñoz Ruiz
Poeta, narrador y ensayista
Magister en Comunicación Social – UNMSM
Doctor en Educación – UNSCH

La historia del pensamiento educativo peruano contiene interesantes debates sobre cómo debe ser la educación en el país. Uno de ellos lo protagonizaron, durante la segunda década del siglo XX, el filósofo Alejandro Octavio Deustua Escarza (1849 – 1945) y el jurista Manuel Vicente Villarán (1873 – 1958).

Refiriéndose a este acontecimiento, Castro (2013), en el libro Una educación para re(crear) el país, 1905 – 1930, dice que en realidad fue un desencuentro y encuentro de dos variantes del pensamiento liberal: espiritualista y positivista.

Deustua es el promotor del modelo espiritualista. Un modelo que parte de la premisa de que los ideales estéticos, asociados a lo moral, y no los económicos, son los ideales fundamentales para la formación humana. En consecuencia, la educación es la finalidad de la civilización y a la vez un medio para alcanzar la felicidad pública y la perfección.

Este planteamiento debe plasmarse en un plan educativo donde lo central sea el orden jerárquico de los valores e ideales humanos. Es decir, la educación debe estar basada en una jerarquía de los valores que señala en su visión filosófica, sin que esta jerarquía signifique la exclusión de otros valores.

Deustua sostiene, según Castro (2013), que “cada valor tiene una importancia y debe ser reconocido. Ello implica reconocer que los valores están ordenados en un orden ascendente, que se inicia en lo económico y llega hasta lo estético. En este horizonte la educación es, principalmente, una educación del mundo interior del ser humano, pues este es el reino del espíritu, que debe despertar hacia su verdadera realización”.

“La propuesta de Deustua combina siempre los valores y el conocimiento técnico. La forma práctica de concretar este ideal educativo es formar al educando en una escuela que combine la moral (valores), y la técnica (lo económico). Por ello las materias que se enseñen… deben complementarse con una educación activa y práctica, y no quedarse en una mera adquirió de conocimientos. Quedará también claro que Deustua insiste siempre en la educación de la elite nacional. Así, surgirá para él la responsabilidad que tiene el medio universitario, pues es ahí donde se forman los dirigentes de la nación”.

Deustua no le da mucha importancia a la educación escolar y popular, sin embargo no desprecia lo económico y lo técnico. Por ello, en opinión de Castro (2013), se equivoca Mariátegui cuando califica a Deustua de representar al civilismo feudal, de subestimar el valor del trabajo, de defender una educación aristocrática y despreciar el factor económico. En realidad, Deustua no fue un civilista feudal, sino un liberal opositor permanente de los caudillos militares.

Leamos lo que dice Castro (2013): “Esta crítica ha sido la base para sostener que (Deustua) poseía una mentalidad retrógrada en materia educativa; hoy podemos decir que ello tampoco correspondió a los planteamientos de Deustua. Los estudios realizados por él sobre la educación en Brasil y Argentina, así como sus trabajos sobre la educación en Francia, Italia y Suiza junto con sus informes respectivos al Estado hablan por sí solos y muestran una perspectiva diferente al conservadurismo que se le atribuye. Deustua trató siempre, por los medios a su alcance, de ubicarse en la avanzada de la pedagogía. La perspectiva idealista de su pensamiento no indica una mentalidad feudal, sino precisamente una idealista moderna que coloca en la subjetividad, en el mundo del espíritu, la formación humana. El ubicar los ideales estéticos y no los económicos como fundamentales para la formación humana no lo hace heredero de una tradición de gamonales, quienes, sea dicho de paso, jamás tuvieron idea de lo que significaba contar con una sensibilidad estética”.

Gonzales (2013), en su trabajo Nueva escuela para una nueva nación, 1919 – 1932, hace una evaluación de la propuesta de Deustua y señala que su importancia está en el énfasis que pone en los ideales para la formación del espíritu y en la necesidad de una educación que responda a la realidad, basándose en una enseñanza inspirada en la historia nacional.

En el caso de la propuesta de Manuel Vicente Villarán, se configura como una educación pragmática, menos clásica y más orientada al progreso y a la industria. Su premisa es que el fundamento de la civilización moderna es el desarrollo económico (producción, riqueza, progreso y todo lo que mueve al mundo moderno) y la educación debe ser un “auxiliar” del desarrollo económico (lo educativo como un medio). La finalidad es el progreso y su resultado, la riqueza, la cual mejorará la cultura y la educación.

Es una postura que se volverá a presentar, según afirma Castro (2013), un siglo después con renovadas fuerzas bajo el impulso del pensamiento neoliberal, pero expresaba ya, a comienzos del siglo XX, la mentalidad de las clases empresariales y la elite intelectual fuertemente influenciados por el positivismo. “Las primeras deseosas del desarrollo industrial y del crecimiento económico; las segundas, seducidas por el conocimiento práctico y la experiencia. Como dice Víctor Andrés Belaúnde, ´los hombres de aquella época se orientaron hacia la ciencia positiva, hacia la experiencia, hacia los estudios prácticos, hacia la observación de los hechos y de los fenómenos’…  Ya desde 1891 –con la tesis de Javier Prado, ´La evolución de la idea filosófica’, en la que se estudia a Spencer- podemos hablar propiamente de una perspectiva que toma en cuenta el positivismo. Así, no podemos negar que el positivismo, con su énfasis científico y empírico, emprendió el trabajo de reformar el pensamiento precedente tanto en el mundo como en el país”.

Para Villarán, a tono con la filosofía pragmática anglosajona y admirador del desarrollo tecnológico norteamericano, el Perú no es una “nación de trabajadores”, porque abundan los maestros que enseñan historia, literatura, latín, teología, leyes, filosofía y matemáticas, pero no hay ninguno que enseñe a labrar la tierra, a criar el ganado, a explorar las selvas, a navegar, a comerciar, a fabricar cosa útiles.

Para él educar significa principalmente contar con un conocimiento “real”, un conocimiento práctico, y la educación no debe estar orientado a resolver los problemas sociales y económicos, sino que el objetivo principal es el enriquecimiento industrial y material. Por ello, según Castro (2013), Villarán se burla de la opinión de quienes piensan que primero es la educación mental y moral, y luego, como segundo paso, el esfuerzo por enriquecer el país.

En efecto, en su título Las profesiones liberales en el Perú, Villarán (1922) dice: “Una opinión que va ganando distinguidos prosélitos es la de que la educación nacional es la primera de nuestras necesidades públicas, cuya solución tendría las más lejanas y fecundas repercusiones sobre la felicidad general de la nación, o para valernos de la fórmula en que se ha cristalizado este pensamiento: que primero es educar mental y moralmente, después enriquecer al país. Se trata de probarnos que no nos hace falta ni riqueza, ni población, ni trabajos públicos sino moralidad, educación selecta para los dirigentes y, sobre todo, educación del sentimiento, con una buena dosis de idealismo”.

Se han mostrado los desencuentros entre ambas posturas, pero ¿cuáles fueron las coincidencias?

Sin duda, ambas posturas fueron de corte moderno y ambas consideraban importante la educación para el trabajo. La educación era, para Deustua, un medio para la perfección; y para Villarán, un fin o finalidad a alcanzarse.