JOSÉ ENRIQUE RODÓ, EDUCADOR DE AMÉRICA

Urbano Muñoz Ruiz
Docente en la Universidad Nacional  San Cristóbal de Huamanga
Poeta, narrador y ensayista
Magister en Comunicación Social – UNMSM
 

En la galería de los grandes maestros latinoamericanos del siglo XX, se encuentra indudablemente el intelectual y político uruguayo José Enrique Camilo Rodó Piñeyro (1871 – 1917). Escribió varios libros sustanciosos donde plasmó su pensamiento educativo; sin embargo su obra Ariel, impresa en el año de 1900, fue la que tuvo tanto impacto en la juventud de su tiempo, que lo tomó como fermento de la reforma universitaria de Córdova.

Conviene recordar como homenaje a Rodó y a otros como él, auténticos maestros de Nuestra América, lo que decía esa generación muy segura de sí misma y enrumbada hacia la construcción de una nueva sociedad, en su histórico Manifiesto de junio de 2018:

“La juventud vive siempre en trance de heroísmo. Es desinteresada, es pura. No ha tenido tiempo aún de contaminarse. No se equivoca nunca en la elección de sus propios maestros. Ante los jóvenes no se hace méritos adulando o comprando. Hay que dejar que ellos mismos elijan sus maestros y directores, seguros de que el acierto ha de coronar sus determinaciones. En adelante, solo podrán ser maestros en la futura república universitaria los verdaderos constructores de almas, los creadores de verdad, de belleza y de bien.”

Como en los casos de Simón Rodríguez, Domingo Faustino Sarmiento y José Martí, una de las mayores preocupaciones de Rodó gira en torno al destino del subcontinente – que él prefiere llamar Hispanoamérica -, el cual debe elaborar un pensamiento propio, una cultura propia, como parte de su proceso de independencia completa.

Concretada la independencia política, se pregunta, ¿qué es Hispanoamérica y hacia dónde debe ir? Esta interrogante es la movilizadora del pensamiento de Rodó, con una desconfianza más que evidente, a principios del siglo XX, ante el vertiginoso desarrollo industrial de Estados Unidos de Norteamérica y su vocación imperialista.

Considera entonces, empleando el lenguaje tropológico en cuyo manejo era diestro, que Estados Unidos de Norteamérica es Calibán – la representación del desarrollo exitoso de los aspectos más materiales e instintivos del ser humano – e Hispanoamérica, Ariel, la posibilidad del desarrollo de los aspectos más elevados del ser humano: idealidad y orden en la vida, noble inspiración en el pensamiento, desinterés en la moral, buen gusto en el arte, heroísmo en la acción y delicadeza en las costumbres. En la consecución de tal destino asignado al subcontinente, resultaría decisiva la educación.

En su trabajo “Un acercamiento al pensamiento educativo de José Enrique Rodó”, Aura Chaparro (2018) sostiene que la propuesta educativa de Rodó es liberal y se alimenta del humanismo. Precisa que un rasgo distintivo de esta propuesta es que el escritor uruguayo parte del postulado: el conocimiento es un elemento transformador y constructor de la sociedad. Otro de sus rasgos fundamentales es que considera al maestro el agente educativo decisivo y le asigna una doble función: encuentro y olvido.

Encuentro significa que el maestro debe llegar al alma de su discípulo para dejar allí estampada su huella, su profunda marca. Olvido quiere decir que el maestro “debe contribuir al olvido de todo lo enseñado por la mala educación, a sanar las heridas que esta pudo dejar tales como la obediencia, el servilismo, la hipocresía”.

Estas ideas dicen mucho de quien fuera denominado en su momento merecidamente el educador de América.