VOZ Y CUERPO

Urbano Muñoz Ruiz
Poeta, narrador y ensayista
Magister en Comunicación Social – UNMSM
Doctor en Educación – UNSCH 
 

Escribir poesía requiere de mucha sensibilidad e imaginación. Dos ingredientes que se dan la manos plenamente en Voz y cuerpo (Lima: Ed. Solydanza, 2019), el poemario de Paúl Sandoval, donde el cuerpo humano, a través de sus partes, dialoga consigo mismo y con el Absoluto, interrogando, interpelando, narrando micro historias de la cotidianidad en la ciudad. 

El poemario tiene dos secciones, con títulos que sugieren algunas claves para penetrar en el mundo letrado del autor y disfrutarlo: “La voz del cuerpo”,  “El cuerpo de la voz”.

¿Qué quiere decir “la voz del cuerpo”? El cuerpo humano, vivo, tangible, flexible en mayor o menor medida, puede expresarse a través de cualquiera de sus partes, incluso de su parte más  mínima. Por ello, en esta primera sección, encontramos poemas asociados directa o indirectamente a los órganos cuyas funciones son los sentidos y a elementos vinculados a determinados procesos fisiológicos.

En el caso de la piel (cuya función es el tacto), hay cinco poemas: “El dedo anular”, “El ombligo”, “Los vellos”, “Las pecas”, “Los lunares”, “Los cabellos”. Hay menos poemas para los otros sentidos: “La boca” (contiene a la lengua, con su función, el gusto), “La nariz” (el olfato), “Las orejas” (funciones: el oído y el equilibrio), “Los ojos” (la vista). Existen también poemas dedicados a la facultad de la locomoción: “Los Pies”, “Las piernas”, “La cintura”. Tienen que ver con el proceso de la digestión: “El colon”, “Los intestinos”, “El estómago”, “El cuello”. Y con la respiración, el poema “Los pulmones”.

Conviene señalar que el poema “Los pies” no parece tener relación con la locomoción, sino con la función del tacto, por ser sobre todo las plantas de los pies zonas erógenas potentes, debido a que contienen una gran cantidad de las terminaciones nerviosas del cuerpo. Extraemos algunos fragmentos del poema, con el cual empieza la sección:

“Como beses / serán las caricias del día. / Un beso por el zurdo / y excitarás la noche con acidez. / Un beso por el diestro / y el clímax te motivará a perdonar”. “Según otras poses y misterios / te sumarás al crucifijo. / El día sobre el cuerpo, / la noche con su propia voz.”

Cada elemento corpóreo ha sido tan estudiado por los científicos. El poeta, que sabe conocer las cosas y no solo por la vía racional, emprende una aventura del conocimiento de sí mismo y del cosmos, a través de las sensaciones y las percepciones, donde finalmente el elemento corpóreo es solo una ventana o un pretexto para otear realidades insospechadas para el lector común.

Esto se puede constatar leyendo “La cintura”, donde se interpela al Absoluto o Dios, en términos manejados por la filosofía moderna en su vertiente idealista:

“Señor, / ¿qué estoy hojeando? / He detenido hasta el segundero / y en mi mente el cosmos todo. / Suenan historias en la calle, / pasan rostros por el mismo lugar. / Otros cosmos en sus propias mentes, / y nadie me es familiar. / Señor, / ¿quién creó a quién? / Si el cuerpo es una dádiva, / si no dejamos de girar en lo infinito. / Y esa piel que se mueve / llevará consigo su cosmos. / Y cuando me haga polvo / mantendré fresco lo vivido. / Señor,  / ¿qué hago aquí? / Escuchando una habitación, / bebiendo una radio. / Dibujando un cosmos en sueños / que se guardan en paredes. / Tocando esta carne cruel, / que lo único que hace es amarme. / Señor, / conservo algunos ecos. / Felicidad entre aplausos / mientras levita un oyente. / Sé que te gusta subir / las notas en ese agudo mundo. / Único como una mirada de pez al revés, / queriendo romper una atarraya. “

Puede abrir caminos diversos en su interpretación, en tanto muestra la angustia del poeta frente a tópicos como la génesis del ser, sus pasiones, su destino final después de la muerte.

Los poemas de Paúl no se alimentan de lo sensorial solamente, se nutren también de las percepciones y las reflexiones. Ello se constata en “Los intestinos”, otro encabezado de tono prosaico, pero que lleva a un texto con imágenes de la cotidianidad citadina, donde la angustia existencial se hace presente nuevamente.

“De puntillas surgen amores, / todos se miran y se odian. / Apretados y a empujones / como cuidándose del sobresalto. / Como niños condenados al abrazo / mientras les regalan un caramelo. / La sensación obliga a sentarse, / madrugando toda esperanza. / Tamaños y modos, / colores y sabores. / Se avanza negando la angustia / que corre y a veces se estriñe. / Al final uno queda limpio, / el mismo caramelo queda. / Este ballet muy conocido, / no hay alguien que lo entienda. / Convoca en su encanto / a sus fieles en las colas.”

No aparece en la sección ni un poema dedicado al cerebro, el órgano más voluminoso del encéfalo y el cual, a través de varias funciones, gobierna al cuerpo. Lo engloba, claro está, el poema con el título genérico de “Los órganos”, una suerte de crónica del diagnóstico general de un cuerpo:

“Entra el pecho, soltando un suspiro / por un  mal recuerdo casi superado. / Le sigue renegando la cabeza con mueca de un dolorcito. / Hacen su pasarela las manos, / ventilando su necesidad. / Se impone el dolor de los pies, / suplicando como músicos ambulantes. / Entra agitado el corazón, / agigantado por la presión alta. / El pecho les recuerda / sus tres tumores de golpe. / La cabeza levanta su dosis / de su amiga la migraña…

En la segunda sección del libro de poemas, ¿qué sugiere “el cuerpo de la voz”? Que la voz (el lenguaje del cuerpo) tiene su propia forma y contenidos, es decir su propio “cuerpo”.

Por ello, aparecen poemas asociados a las dos grandes funciones del cerebro humano: el lenguaje y el pensamiento, tópicos caros para estudiosos como Vygotsky, quien consideraba que lo uno y lo otro son fenómenos que van por vías paralelas y no siempre coinciden como si fueran el pie y el zapato con la medida correcta.

Los poemas “Memoria”, “Legado”, “Promesa”, “Espíritu”, “Alma”, “Esencia”, “Tiempo” tienen que ver con todo aquello que encierra el mundo subjetivo, espiritual, del ser humano en su desafío por entender el mundo real y vivirlo. Los poemas “Lamento”, “Emoción”, “Amor” y “Pasión” se vinculan al mismo desafío, pero en una dimensión más profunda, la dimensión de los sentimientos.

El poema “Vida”, que es el primero de la sección, sin duda, lo engloba todo:

“¡Pedro Humanidad! / Indigno / a la pasión de la cruz. / Los pies en lo alto / tienen valentía. / Una arboleda / de pies a cabeza. / Un nido de clamor / en las raíces. / ¡Pedro Humanidad! / Indigno a los cantos del gallo. / Las mañanas / tienen un nervio vivo. / Un aleteo / al aire desnudo. /Una promesa / de la fe con camino. / ¡Pedro Humanidad! / Indigno / al madero del Maestro. / Tus pies lavados / dejan huellas y cenizas. / Un cuerpo / repartido en treintaitrés iglesias. / Una voz / estremeciendo la cruz de por vida.”

Texto de resabios vallejianos, nos recuerda al personaje Pedro Rojas de España aparte de mí este cáliz, el obrero muerto u obligado a morir por el franquismo fratricida. El tema manifiesto aquí, sin embargo, son los límites del ser humano en la búsqueda de la perfección que exige la fe religiosa, en este caso la fe judeocristiana, con referencias a la edad de Cristo al momento de su crucifixión: 33 años. Treintaitrés es también el número de los templos de estilo renacentista, barroco, mestizo y moderno, con que cuenta la ciudad de Huamanga, donde radica el poeta.

Exigencia y promesa. Medio y fin. La imprecisión y ambigüedad de los textos de factura religiosa lo encontramos también en los textos literarios. No son necesariamente deméritos; son características propias del lenguaje connotativo, tropológico. Los poetas, como los profetas, enseñan con imágenes, algunas de las cuales parecen sacadas del mundo de los sueños.

Se cierra la sección con el poema “Promesa”, de donde extraemos estos fragmentos:

“En el día de tus ojos. /En el día de tu cuerpo. / Cuando celebres con un beso. / Cuando tus labios trepen por mi cuello. / Regresaré para quedarme entre tus bordes, / viviendo en tus páginas… / Y el cielo continuará pregonando la ruta de esta carrera. / Y el cielo estará / al final de todo laberinto.”

Queda claro cuál es el norte del poeta y con qué se ilumina en su camino: el amor a la amada, el amor a la poesía. Nuevamente la ambigüedad. Pero está bien, porque a esto lleva siempre el espíritu romántico, que confunde una cosa con otra en el andar enamorado por los caminos de esta vida pasajera, cada vez más prosaica y urgida de asuntos epidérmicos, pero donde siempre es posible cambiar de rumbo y buscar lo trascendente.

Sin duda, los poetas son la piel del mundo, en la medida en que son los primeros en sentir las cosas que viniendo de la realidad profunda se harán evidentes tarde o temprano para todos. Esta es una verdad que nos recuerda Paúl Sandoval (Ayacucho, 1985), con sus poemas cargados de simbolismo y espíritu romántico, en Voz y cuerpo, que viene a ser su tercer poemario. Anteriormente, ya había publicado Sinfonía del alma (2009) y Solydanza (2014).

Felicitaciones por continuar en la senda del pensamiento desinteresado.