PENSAMIENTO PEDAGÓGICO DE JOSÉ MARTÍ
En las postrimerías del siglo XIX, encontramos el legado iluminador de José Martí (1853 – 1895), el cual tiene una interesante dimensión educativa, que ha sido sistematizada por el educador español Herminio Almendros y forma parte del libro José Martí. Pensamiento pedagógico (Lima: Ediciones del Salmón, 1996. 166 Págs.).
Indudablemente, el referido poeta, periodista, filósofo y político cubano va más allá de la admiración al modelo educativo norteamericano, tan mentado en los círculos intelectuales de Latinoamérica, y ve con preocupación el retraso de la educación que se imparte en el subcontinente; en consecuencia, propugna un desarrollo autónomo basado en un modelo educativo propio.
El pensamiento pedagógico del autor de La Edad de Oro, según lo ha reconocido el Estado cubano, ha sido y es el inspirador del exitoso modelo educativo desplegado en la isla. Modelo que se plasma en una educación gratuita, bajo el principio de la educación como derecho de todos los ciudadanos; una educación científica, nutrida de la realidad de su tiempo, y nacional, en la medida en que se alimenta de los ideales de sus mejores hijos y responde a los intereses de la nación.
En efecto, los principios rectores del modelo lo planteó en su momento Martí, para quien un agente fundamental del proceso educativo es el maestro. “La enseñanza, escribía el poeta, es ante todo una obra de infinito amor”. Entonces se requiere de maestros con vocación, con didáctica efectiva, con un nuevo enfoque de las tareas educativas y con una instructiva que concuerde con los imperativos del tiempo actual.
Por eso argumentaba: “lo que falta no es ansia de aprender en los discípulos: lo que falta es un cuerpo de maestros capaces de enseñar los elementos siquiera de las ciencias indispensables en este mundo nuevo. Ni basta ya, no, para enseñar, saber dar con el puntero en las ciudades de los mapas, ni resolver reglas de tres ni de interés, ni recitar de coro las pruebas de la redondez de la tierra, ni ahilar con fortuna un romancillo en Escuela de sacerdotes Escolapios, ni saber esa desnuda Historia cronológica y falsa, que se obliga aprender en nuestras Universidades y colegios. Naturaleza y composición de la tierra, y sus cultivos; aplicaciones industriales de los productos de la tierra; elementos naturales y ciencias que obran sobre ellos o pueden contribuir a desarrollarlos: he aquí lo que en forma elemental, en llano lenguaje y con demostraciones prácticas debiera enseñarse, con gran reducción del programa añejo, que hace a los hombres pedantes, inútiles, en las mismas escuelas primarias”.
Siguiendo las experiencias de la instrucción pública alemana de mediados del siglo XIX, el autor de Versos sencillos se refería al carácter que debía tener una escuela, convencido de que ella debía ser una casa de razón donde “con guía juiciosa se habituase al niño a desenvolver su propio pensamiento, y se le pusieran delante, en relación ordenada, los objetos e ideas, para que deduzca por sí las lecciones directas y armónicas que le dejen enriquecido con sus datos, a la vez que fortificado con el ejercicio y gusto de haberlos descubierto”.
En este sentido, planteaba el desafío de que en una sociedad con un régimen democrático se debía pasar de una educación teórica a una educación práctica, de una educación formal o literaria y metafísica a una científica. En síntesis, se debía realizar una educación para la vida. Y lo decía categóricamente: “Puesto que a vivir viene el hombre, la educación ha de prepararlo para la vida”. En consecuencia, ¿cuál era la finalidad de esta escuela? Formar hombres vivos, directos, independientes y amantes.
Gran humanista de su tiempo, así soñaba, convencido de que esa era la tendencia dominante en las postrimerías del siglo XIX: “la educación tiene un deber ineludible para con el hombre, no cumplirlo es crimen: conformarle a su tiempo, sin desviarle de la grandiosa y final tendencia humana. Que el hombre viva en analogía con el universo, y con su época; para lo cual no le sirven el latín y el griego”.
Martí veía con entusiasmo como se iba renovando la educación en esta dirección, en Alemania y en los Estados Unidos. En esa época, en este último país, se estaba discutiendo a nivel de la educación superior la conveniencia de ir dejando de lado el latín y el griego y en su lugar priorizar la enseñanza de materias más útiles para el conocimiento y la transformación de la naturaleza. Algo parecido estaba ocurriendo en México y Guatemala.
Uno de sus mayores anhelos entonces era que ello se replicara en Cuba y en todo el subcontinente, hasta adquirir contornos propios. Una educación de nuevo tipo para la realización plena de Nuestra América, Latinoamérica.

