LA MALA FE

Urbano Muñoz Ruiz
Docente en la Universidad Nacional  San Cristóbal de Huamanga
Poeta, narrador y ensayista
Magister en Comunicación Social – UNMSM

La escritora Romina Doval nos deleita con su novela La mala fe (Buenos Aires: Bajo la Luna, 2015). Se trata de las divertidas historias de dos jóvenes bonaerenses rebeldes, Victoria y Paulina, con que se entreteje en realidad una crítica mordaz a las limitaciones de la educación religiosa y educación universitaria argentinas que no responden a las demandas de un país en crisis.

Doval usa la técnica de las líneas narrativas paralelas. En la primera parte del libro (1985 / 2001), la primera línea (ambientada en el año 1985) tiene como narradora a la escolar “terrible” Victoria, mientras que la segunda línea (ambientada en el 2001) es narrada en tercera persona y da cuenta de las aventuras de Victoria y Paulina, universitarias ya. La segunda (1991 / 2001) y la tercera parte (1997 / 2002) están escritas con el mismo procedimiento; añadamos que 1991 es el año en que las amigas están en el colegio. La cuarta parte, 2007, narrada en tercera persona, es el epílogo: las amigas han hecho sus vidas por separado asimilándose al orden establecido.

La amistad es el tema articulador de esta novela de aprendizaje, desde que sus protagonistas se conocen en la escuela y persiste hasta después que ellas, ya en la universidad, se van a vivir en un departamento alquilado, independizados de sus padres. Es una amistad cuya historia, con todas las intermitencias de las cosas que duran, revela la complejidad del ser humano.

De niña, Victoria tiene buenas intenciones y cree en Dios, aunque (alentada por su prima Cloe, otra niña inteligente y con muchas más lecturas, que antes de terminar la escuela ya se siente hasta comunista y feminista) desea leer y aprender más allá de los límites fijados por una educación religiosa anacrónica. Entonces tiene dificultades con las monjas que enseñan en la escuela y realiza travesuras extremas, como aquella en que vierte tinta en el agua bendita y los que iban a persignarse, sin darse cuenta, terminan manchados. Las monjas creen que Victoria no va a ir al cielo nunca; su propia madre llega a decir que la jovencita tiene el don de la palabra pero lo utiliza para el mal.

Por su parte, Paulina no es muy lectora, aunque gusta del orden, odia la injusticia y es amante de la naturaleza y los animales. Su rebeldía ante las injusticias se acrecienta cuando se hace amiga de Victoria y, por sugerencia de Cloe, hacen un juramento, escrito y firmado, de que en adelante van a hacer en la escuela todo lo contrario de lo que les enseñan las monjas.

Los rasgos diferenciadores de las amigas se evidencian años después, cuando ellas se independizan de sus padres y se van a vivir a un departamento alquilado. Aquí se ve a una Victoria incapaz hasta de lavar los vasos que utiliza para beber y que vive feliz en su mundo letrado, regodeándose con la televisión, pese a que por este medio ve que el país se cae a pedazos; su mayor anhelo es ser una escritora para contarle al mundo la gran aventura de su existencia; ni le preocupa que haya perdido el trabajo en un centro de estudios médicos y comienza a faltar el dinero para pagar la comida y el alquiler del departamento.

Paulina es quien lava y coloca en su sitio los utensilios que usa y deja desperdigados por todas partes su amiga; la que se preocupa por pagar la comida, el alquiler del departamento y el trago de fines de semana de ambas amigas; y como amante de los animales, lleva puntualmente comida balanceada a los gatos callejeros que viven en un parque cercano. Un punto negativo es su inconstancia: cambia frecuentemente de carrera profesional, sin lograr concluir ninguna.

A lo largo de la novela, campea un humor corrosivo, en tanto se cuestiona la rigidez de la preceptiva escolar religiosa y se hace mofa de las instituciones argentinas convertidas en cascarones. El mismo lenguaje empleado tiene expresiones hilarantes, como cuando Victoria dice de Cloe: “Con la única que podemos hablar de esto es con mi prima Cloe. En realidad se llama Clotilde, que según ella nos dijo significa “guerrera gloriosa”, pero como para nosotras Clotilde es la Bruja del 71 en El Chavo del 8 preferimos llamarla Cloe.” Las situaciones risibles son muchas, una de ellas se da cuando las dos amigas y el personaje Soren ven por televisión cómo, en medio del país en crisis, el presidente de la República se está fugando en helicóptero.

La amistad de las jóvenes rebeldes no sobrevive a la crisis del país. Después que Paulina es despedida de su trabajo en un banco, no encuentra otro modo de afrontar las necesidades de la pareja que robar en los supermercados, hasta ingresa a trabajar en un lenocinio. Añadamos que en los momentos más críticos, las amigas, desprendidas ya de todo escrúpulo, se dedican a pepear y robar a los incautos en bares y discotecas. A pesar de todo, Paulina cree que ha encontrado el amor de su vida al conocer a David, un hombre con la vida hecha, quien le va a dar estabilidad económica y devolverle algo de la dignidad perdida, pero Victoria y Soren intervienen para “salvarla” y cogotean a David, con lo cual se va al traste la amistad de Victoria y Paulina.

El epílogo muestra a una Paulina atrapada en una relación marital con alguien a quien no ama y resignada a ver desde lejos el éxito personal de su otrora amiga Victoria, la que finalmente ha realizado su sueño de ser escritora y vive en Europa. Como que solo los resignados se han quedado en el país, el cual con los valores resquebrajados quizá vuelva a sumirse pronto en una nueva crisis.