TRAICIONES COMO TRADICIONES

Urbano Muñoz Ruiz
Poeta, narrador y ensayista
Magister en Comunicación Social – UNMSM
Doctor en Educación – UNSCH
 

Pareciera que la felonía es una práctica muy peruana, según Alejandro Neyra, autor de Traiciones peruanas. 16 ilustres antihéroes de estampa nacional (Lima: Penguin Random House, 2021). El libro ofrece un divertido y, por partes, escalofriante recorrido por las deslealtades más sonadas en el suelo nacional. Un viaje desde la tragicomedia hasta la infamia.

Los personajes cuya biografía se aborda son conocidos antihéroes asociados a la traición, aunque no todos traidores. Siguiendo la lógica de Neyra, se los podría separar en cuatro tipos: traidores, traidores traicionados, traicionados y calumniados.

Entre los primeros, estaría Felipillo, el indio lengua estigmatizado en las crónicas de la Conquista por haberle jugado sucio a la gente de su propia sangre y que años después terminó hecho cuartos acusado de conspirar contra las huestes de Almagro. Al respecto, el autor ensaya una reflexión a partir de las preguntas: “¿Pero qué culpa tiene aquel indio que busca traducir las palabras españolas a la variante de quechua que hablaba el Inca? ¿Cómo explicar todas aquellas ideas y palabras nuevas que traen los españoles y que los incas no pueden siquiera intuir? ¿Es consciente Felipillo de que, haga lo que haga, terminará siendo considerado un traidor o planea resarcirse de esa condición y, por ese motivo, busca acabar con la expedición del viejo Almagro a Chile?”.

De ese tiempo es también el español Lope de Aguirre, personaje esperpéntico que parece salido de un filme de horror, aunque ha inspirado él mismo dos películas de esta clase. “Tejedor” lo habría llamado Francisco de Carvajal, otro actor sangriento de la época, que así tildaba a quienes se pasaban con mucha facilidad de un bando a otro durante las guerras entre los conquistadores. Sin duda, el codinome que se le da, Psicópata, le cuadra bien, porque ciertamente era capaz de todas las maldades imaginables en el ser humano.

Del tiempo de la Independencia, se extrae al felón José Bernardo de Tagle, criollo aristócrata de los más encumbrados. Firmó el Acta de la Independencia secundando al Libertador José de San Martín, pero cuando la causa patriota amenazó sus intereses retornó al bando realista y murió del peor modo en el Real Felipe, fuerte en el que se había refugiado junto a otros como él para evitar las represalias de los patriotas.

La época de la República tiene más felones: Mariano Ignacio Prado (el presidente que fugó del país al iniciarse la Guerra del Pacífico), Miguel Iglesias (el firmante del Tratado de Ancón, por el cual se perdió los territorios de Arica y Tarapacá), Eudocio Ravinés (el primer comunista peruano que se convirtió en el peruano más anticomunista), los espías Julio Vargas y Víctor Ariza (ambos vinculados a la Fuerza Aérea del Perú, con los codinomes Espía y Fusilado, respectivamente, por espiar para Chile), Alejandro Esparza Zañartu (el hombre fuerte del dictador Odría, responsable de torturas, asesinatos y prisiones de los opositores, recreado como Cayo Bermúdez o Cayo Mierda en la novela Conversación en La Catedral, de Vargas Llosa) y Abimael Guzmán, con el codinome Terrorista, incluido en la galería de la infamia por su ideología que desencadenó el conflicto armado interno y por haber traicionado a su esposa Augusta La Torre.

¿Cuál es el colmo del traidor? Ser traicionado.

Los traidores traicionados son Augusto B. Leguía (el mandatario que renunció a la posibilidad de exigir un plebiscito por Tacna y Arica y ocasionó su pérdida definitiva), el golpista Luis M. Sánchez Cerro (colocado en la galería por haber traicionado a su benefactor Leguía) y Vladimiro Montesinos, el hombre poderoso a la sombra de Fujimori, felón de oficio, sentenciado por traidor a la patria y señalado por traicionar a sus amigos, a su esposa e incluso a su amante, quien en represalia lo traicionó también.

Los que siguen se hallarían más bien en una galería aparte, son los traicionados, como Bernardo Monteagudo (el abogado, político y periodista argentino que vino al Perú acompañando a San Martín y que después fue Ministro de Guerra de Bolívar, lo apuñalaron arteramente porque se había convertido en la pesadilla de los limeños) y Luis Alberto Flores, político anticomunista y antiaprista al servicio de Sánchez Cerro. Flores creó varios periódicos de ideología fascista y tenía un ejército de “camisas negras” al más puro estilo de Mussolini, pero terminó traicionado por su correligionario Cirilo Ortega, quien lo expulsó del partido al que con harto esfuerzo había construido.

Finalmente, entre los calumniados se hallan los futbolistas Eusebio Acasuzo y Juan Máximo Reynoso (con los codinomes Arquero y Defensa, respectivamente). Al primero se le acusó de haberse vendido al seleccionado chileno en el repechaje de 1985, donde el Perú fue goleado; al segundo se le estigmatizó como tránsfuga por pasarse de Alianza Lima a Universitario de Deportes. El autor del libro ha tratado de exculparlos de las acusaciones, porque en el caso de Acasuzo no encuentra evidencias de la ruindad que se le achaca, y en cuanto a Reynoso, sostiene que “los tránsfugas en el deporte no son novedad” y que “Reynoso no es hincha de Alianza ni tampoco de Universitario: su club favorito es el Sporting Cristal”.

Como se señala en el prólogo, Traiciones peruanas es algo más que el producto de un juego de palabras (traición, tradición), un homenaje al escritor Ricardo Palma, creador de la especie narrativa conocida como tradición, que combina el dato histórico y los relatos orales con la ficción, salpimentándolos con buena dosis de humor. Ello explica las referencias que abundan en el libro con respecto a Palma y a su escritura.

El estilo de Alejandro Neyra (Lima, 1974) configura una forma narrativa con un pie en la tradición y otro en el perfil periodístico, con las esperadas focalizaciones en las escenas hilarantes y los giros verbales con efecto cómico. Por eso, al igual que en las tradiciones palmianas, hay humor de sobra, desde el inicio, cuando se cataloga a los antihéroes empleando el codinome, brasilerismo que trajo al Perú el caso de megacorrupción Odebrecht y que se define como nombre falso para ocultar la identidad de una persona.

Las situaciones en que los traidores son traicionados causan hilaridad, igualmente los momentos en que nacen las leyendas de la deslealtad, como cuando el arquero peruano Acasuzo se va retirando de la cancha luego de que su arco se convirtió en una coladera, para rabia de la hinchada peruana, y allí mismo los hinchas chilenos cantan con sorna “Acasuzo, amigo, Chile está contigo”. O al actualizarse el término traición como transfuguismo, también cuando se argumenta enfatizando en las exageraciones (“la traición es una tradición peruana”) y las deficiencias.

Sobre lo último, cito lo que Neyra escribe refiriéndose a la fea traición que le hizo el perseguidor Alejandro Esparza a su amigo del alma y paisano el general Zenón Noriega: “Existen traiciones a la patria, a la pareja, al amigo, pero una de las peores traiciones en el Perú es la traición al paisano”.

Se pueden ensayar otras tipologías centradas en la felonía comprobada, descartando a los calumniados y enfocándose en asuntos como la motivación de la traición (por dinero, por ideología), según la recurrencia (asidua, ocasional) o la consecuencia (fusilamiento, prisión, olvido).

En la ideología judeocristiana, la peor traición es la que se hace por dinero, es el caso del bíblico Judas apodado Iscariote, a quien Dante lo coloca en el corazón del Infierno; si esto es así, ya sabemos quién o quiénes serían los peores traidores en la historia del Perú.

¿Son la traición y la amnesia dos grandes tradiciones peruanas? Esta pregunta, exagerada al más puro estilo palmiano, es recurrente en el libro, como desafiando al lector peruano a ensayar sus propias respuestas.

La historia del Perú presenta muchos traidores, porque nuestro país es antiguo. Lo que pone de relieve a este tema en nuestro medio, y en esto debemos estar de acuerdo con Neyra, es el hecho de que precisamente en pleno bicentenario de la Independencia, cuando deberíamos de estar recordando a nuestros héroes auténticos, los peruanos seguimos siendo víctimas de renovadas traiciones, ya más de cinco años seguidos, por culpa de los corruptos grupos de poder que manejan nuestro Estado.

Pareciera que la felonía es una práctica muy peruana, según Alejandro Neyra, autor de Traiciones peruanas. 16 ilustres antihéroes de estampa nacional (Lima: Penguin Random House, 2021). El libro ofrece un divertido y, por partes, escalofriante recorrido por las deslealtades más sonadas en el suelo nacional. Un viaje desde la tragicomedia hasta la infamia.

Los personajes cuya biografía se aborda son conocidos antihéroes asociados a la traición, aunque no todos traidores. Siguiendo la lógica de Neyra, se los podría separar en cuatro tipos: traidores, traidores traicionados, traicionados y calumniados.

Entre los primeros, estaría Felipillo, el indio lengua estigmatizado en las crónicas de la Conquista por haberle jugado sucio a la gente de su propia sangre y que años después terminó hecho cuartos acusado de conspirar contra las huestes de Almagro. Al respecto, el autor ensaya una reflexión a partir de las preguntas: “¿Pero qué culpa tiene aquel indio que busca traducir las palabras españolas a la variante de quechua que hablaba el Inca? ¿Cómo explicar todas aquellas ideas y palabras nuevas que traen los españoles y que los incas no pueden siquiera intuir? ¿Es consciente Felipillo de que, haga lo que haga, terminará siendo considerado un traidor o planea resarcirse de esa condición y, por ese motivo, busca acabar con la expedición del viejo Almagro a Chile?”.

De ese tiempo es también el español Lope de Aguirre, personaje esperpéntico que parece salido de un filme de horror, aunque ha inspirado él mismo dos películas de esta clase. “Tejedor” lo habría llamado Francisco de Carvajal, otro actor sangriento de la época, que así tildaba a quienes se pasaban con mucha facilidad de un bando a otro durante las guerras entre los conquistadores. Sin duda, el codinome que se le da, Psicópata, le cuadra bien, porque ciertamente era capaz de todas las maldades imaginables en el ser humano.

Del tiempo de la Independencia, se extrae al felón José Bernardo de Tagle, criollo aristócrata de los más encumbrados. Firmó el Acta de la Independencia secundando al Libertador José de San Martín, pero cuando la causa patriota amenazó sus intereses retornó al bando realista y murió del peor modo en el Real Felipe, fuerte en el que se había refugiado junto a otros como él para evitar las represalias de los patriotas.

La época de la República tiene más felones: Mariano Ignacio Prado (el presidente que fugó del país al iniciarse la Guerra del Pacífico), Miguel Iglesias (el firmante del Tratado de Ancón, por el cual se perdió los territorios de Arica y Tarapacá), Eudocio Ravinés (el primer comunista peruano que se convirtió en el peruano más anticomunista), los espías Julio Vargas y Víctor Ariza (ambos vinculados a la Fuerza Aérea del Perú, con los codinomes Espía y Fusilado, respectivamente, por espiar para Chile), Alejandro Esparza Zañartu (el hombre fuerte del dictador Odría, responsable de torturas, asesinatos y prisiones de los opositores, recreado como Cayo Bermúdez o Cayo Mierda en la novela Conversación en La Catedral, de Vargas Llosa) y Abimael Guzmán, con el codinome Terrorista, incluido en la galería de la infamia por su ideología que desencadenó el conflicto armado interno y por haber traicionado a su esposa Augusta La Torre.

¿Cuál es el colmo del traidor? Ser traicionado.

Los traidores traicionados son Augusto B. Leguía (el mandatario que renunció a la posibilidad de exigir un plebiscito por Tacna y Arica y ocasionó su pérdida definitiva), el golpista Luis M. Sánchez Cerro (colocado en la galería por haber traicionado a su benefactor Leguía) y Vladimiro Montesinos, el hombre poderoso a la sombra de Fujimori, felón de oficio, sentenciado por traidor a la patria y señalado por traicionar a sus amigos, a su esposa e incluso a su amante, quien en represalia lo traicionó también.

Los que siguen se hallarían más bien en una galería aparte, son los traicionados, como Bernardo Monteagudo (el abogado, político y periodista argentino que vino al Perú acompañando a San Martín y que después fue Ministro de Guerra de Bolívar, lo apuñalaron arteramente porque se había convertido en la pesadilla de los limeños) y Luis Alberto Flores, político anticomunista y antiaprista al servicio de Sánchez Cerro. Flores creó varios periódicos de ideología fascista y tenía un ejército de “camisas negras” al más puro estilo de Mussolini, pero terminó traicionado por su correligionario Cirilo Ortega, quien lo expulsó del partido al que con harto esfuerzo había construido.

Finalmente, entre los calumniados se hallan los futbolistas Eusebio Acasuzo y Juan Máximo Reynoso (con los codinomes Arquero y Defensa, respectivamente). Al primero se le acusó de haberse vendido al seleccionado chileno en el repechaje de 1985, donde el Perú fue goleado; al segundo se le estigmatizó como tránsfuga por pasarse de Alianza Lima a Universitario de Deportes. El autor del libro ha tratado de exculparlos de las acusaciones, porque en el caso de Acasuzo no encuentra evidencias de la ruindad que se le achaca, y en cuanto a Reynoso, sostiene que “los tránsfugas en el deporte no son novedad” y que “Reynoso no es hincha de Alianza ni tampoco de Universitario: su club favorito es el Sporting Cristal”.

Como se señala en el prólogo, Traiciones peruanas es algo más que el producto de un juego de palabras (traición, tradición), un homenaje al escritor Ricardo Palma, creador de la especie narrativa conocida como tradición, que combina el dato histórico y los relatos orales con la ficción, salpimentándolos con buena dosis de humor. Ello explica las referencias que abundan en el libro con respecto a Palma y a su escritura.

El estilo de Alejandro Neyra (Lima, 1974) configura una forma narrativa con un pie en la tradición y otro en el perfil periodístico, con las esperadas focalizaciones en las escenas hilarantes y los giros verbales con efecto cómico. Por eso, al igual que en las tradiciones palmianas, hay humor de sobra, desde el inicio, cuando se cataloga a los antihéroes empleando el codinome, brasilerismo que trajo al Perú el caso de megacorrupción Odebrecht y que se define como nombre falso para ocultar la identidad de una persona.

Las situaciones en que los traidores son traicionados causan hilaridad, igualmente los momentos en que nacen las leyendas de la deslealtad, como cuando el arquero peruano Acasuzo se va retirando de la cancha luego de que su arco se convirtió en una coladera, para rabia de la hinchada peruana, y allí mismo los hinchas chilenos cantan con sorna “Acasuzo, amigo, Chile está contigo”. O al actualizarse el término traición como transfuguismo, también cuando se argumenta enfatizando en las exageraciones (“la traición es una tradición peruana”) y las deficiencias.

Sobre lo último, cito lo que Neyra escribe refiriéndose a la fea traición que le hizo el perseguidor Alejandro Esparza a su amigo del alma y paisano el general Zenón Noriega: “Existen traiciones a la patria, a la pareja, al amigo, pero una de las peores traiciones en el Perú es la traición al paisano”.

Se pueden ensayar otras tipologías centradas en la felonía comprobada, descartando a los calumniados y enfocándose en asuntos como la motivación de la traición (por dinero, por ideología), según la recurrencia (asidua, ocasional) o la consecuencia (fusilamiento, prisión, olvido).

En la ideología judeocristiana, la peor traición es la que se hace por dinero, es el caso del bíblico Judas apodado Iscariote, a quien Dante lo coloca en el corazón del Infierno; si esto es así, ya sabemos quién o quiénes serían los peores traidores en la historia del Perú.

¿Son la traición y la amnesia dos grandes tradiciones peruanas? Esta pregunta, exagerada al más puro estilo palmiano, es recurrente en el libro, como desafiando al lector peruano a ensayar sus propias respuestas.

La historia del Perú presenta muchos traidores, porque nuestro país es antiguo. Lo que pone de relieve a este tema en nuestro medio, y en esto debemos estar de acuerdo con Neyra, es el hecho de que precisamente en pleno bicentenario de la Independencia, cuando deberíamos de estar recordando a nuestros héroes auténticos, los peruanos seguimos siendo víctimas de renovadas traiciones, ya más de cinco años seguidos, por culpa de los corruptos grupos de poder que manejan nuestro Estado.

Ello nos empuja a mirar la historia de nuestro país en su dimensión trágica y a encontrar traidores para todos los gustos, muchos de los cuales no aparecen en Traiciones peruanas, pero podrían servir para un segundo y abultado tomo.