PENSAMIENTO PEDAGÓGICO DE ENCINAS

Urbano Muñoz Ruiz
Poeta, narrador y ensayista
Magister en Comunicación Social – UNMSM
Doctor en Educación – UNSCH
 

Entre los grandes maestros de Latinoamérica del siglo XX, se halla el peruano José Antonio Encinas Franco (1886 – 1958), recordado por su gran labor pedagógica en el Centro Escolar Nº 881 de Puno, por su compromiso intenso con los más desvalidos entre los desvalidos, los indios, y por su condición de político incómodo para los grupos de poder interesados en mantener a su país en la condición de dependencia y atraso.

Las ideas del maestro, político y pensador puneño influyeron en el Proyecto Educativo Nacional Indigenista (1941 – 1970), implementado por el Estado peruano, según anota el historiador Carlos Contreras en su libro Maestros, mistis y campesinos en el Perú rural del siglo XX. Un indicativo de la gravitación que tuvo el pensamiento de Encinas en su mejor momento.

También se le recuerda por haber sufrido persecución a causa de sus ideas,  como es una constante en la trayectoria de los intelectuales peruanos que osan incomodar a los grupos de poder retrógrados. Ello ocurrió en 1923, durante el gobierno de Augusto B. Leguía; asimismo, en 1931, bajo la dictadura de Sánchez Cerro, cuyo gobierno no le permitió concluir su periodo como rector de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.

Sus publicaciones fueron: La educación: su función social en el Perú en el problema de la nacionalización (1913), Contribución a una legislación tutelar indígena (1918), Un ensayo de escuela nueva en el Perú (1931), Historia de las universidades de Bolonia y Padua (Santiago de Chile, 1935), Higiene mental (Santiago de Chile, 1936), La educación de nuestros hijos (Santiago de Chile, 1938), Enciclopedia escolar Ercilla (Santiago de Chile, 1938) y El problema del profesorado profesional nacional (1958).

Encinas perteneció a la llamada generación del Novecientos, pero ideológicamente fue más próximo a los miembros de la generación del Centenario de la Independencia (Mariátegui, Vallejo, Haya de la Torre, Basadre, Sánchez, Porras Barrenechea, Churata).

Influenciado por las visiones pedagógicas de Dewey (con su principio de educar por medio de la acción), de Rousseau (al que definió como “el panegirista de la libertad integral”), de Pestalozzi y de Froebel (a estos últimos los consideró como “los dos más grandes amigos de los niños”), Encinas promovió la innovadora Escuela Social, Nueva o Activa, según sus propias palabras.

Osmar Gonzales (2013), en su contribución Nueva escuela para una nueva nación, 1919 – 1932, analiza la referida propuesta e identifica la tesis que planteó el intelectual puneño: la educación es el motor del desarrollo.

La premisa de la que partió Encinas, según Gonzáles, es que en el proceso de construcción de una nueva nación el problema más relevante es el estado de opresión y marginación en que vive el indio, al que mediante una nueva enseñanza se debe incorporar a la sociedad y proveerle los conocimientos indispensables para que edifique su futuro y mejore las condiciones de su entorno social y económico.

La propuesta educativa de la Escuela Social tiene seis pilares. El primero es la consideración del cargo de maestro como el más alto cargo que un ciudadano puede desempeñar en una democracia. Los maestros de escuela, decía Encinas, deben ser seleccionados teniendo en cuenta dos condiciones: poseer más capacidad espiritual que mental: “primero conocer bien al niño, luego conocer perfectamente las materias que deberán impartir”. La selección de los maestros supone, por lo tanto, una gran responsabilidad del Estado, que no debe considerar al maestro como un paria, sino como un ciudadano en quien recae la función más importante en una democracia.

Un segundo pilar es que la educación no puede estar desvinculada de la historia nacional (que debe cultivarse con patriotismo, sin caer en el chauvinismo) ni de la vida misma, sino que debe ubicarse con convicción en su propia realidad.

El tercer pilar de la propuesta de Encinas es la laicidad de la enseñanza. Los niños deben ser limpios de mente, aunque sean pobres; deben crecer sin angustias existenciales. Por ello, “la escuela debe dejar atrás el peso de la Iglesia o, mejor dicho, a ese tipo de educación que crea en los niños temores espirituales”.

El cuarto pilar es que la educación debe ser utilitaria y permitir al estudiante tener relación directa con la vida y la naturaleza. Por ello, la división de las materias, como acostumbraba la enseñanza tradicional, resulta antipedagógica.

El quinto pilar es la consideración del hogar (los padres y el mismo ambiente del hogar) como un factor importante en la formación de los niños. Así, es importante la labor de los padres, quienes deben tratar a los niños respetando su personalidad, con tolerancia y comprensión.

Finalmente, Encinas consideró que el niño debe ser educado en un sentido integral, sin ser considerado un sujeto pasivo, sino que se le debe permitir interactuar con sus compañeros y maestros.

Merece que se consigne también aquí los importantes aportes del maestro puneño al desarrollo de la educación universitaria.

Marrou (2012), en su artículo “José Antonio Encinas Franco”, recuerda que Encinas cuestionó a lo que él mismo llamaba “la universidad profesionalizante”. Un tipo de universidad poco interesada en la producción científica para el desarrollo material y espiritual de la comunidad universitaria y la sociedad, que se limita en dar al estudiante conocimientos de la carrera profesional, y lo que es peor conocimientos desconectados de los intereses de la sociedad y la realidad del campo laboral; con docentes que enseñan pero no educan; con estudiantes a quienes no les importa realizar trabajos de importancia trascendental, puesto que solo están preocupados por acabar cuanto antes la universidad con un título que les asegure un puesto en el mercado laboral.

Como alternativa, Encinas propuso “la universidad social”, definida como la instancia educativa donde los docentes enseñan y educan, y los estudiantes están comprometidos con el desarrollo de la nación. En este sentido, la universidad debe de cumplir dos funciones trascendentales en la sociedad.

La primera función es de tipo político y consiste en que la universidad debe debatir con libertad sobre los problemas de la nación con la perspectiva de formar al futuro dirigente del país, mediante el ejercicio de las virtudes cívicas, la sabia dirección y cuidado de la cosa pública, la solidaridad frente al egoísmo, la tolerancia y comprensión frente a la fuerza y a la injusticia.

La segunda función tiene que ver con la misión social de la universidad, que debe ser entendida no solo como el proceso de vinculación con la sociedad mediante la formación de profesionales comprometidos con el desarrollo del país, “sino también por su espíritu democrático abierto a toda persona que desee estudiar en sus aulas, libre de toda restricción social o ideológica, con miras a que estas fuerzas sociales interpreten de manera real las necesidades de la sociedad”.

En el campo educativo, Encinas se inició como profesor de escuela rural, en el Centro Escolar Nº 881 de Puno, durante el lapso de 1907 – 1911, y terminó como rector de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos el año 1931. Añadamos que fue elegido titular de la Decana de América merced al voto masivo de los estudiantes, derrotando a su contendiente Víctor Andrés Belaunde, e impulsó el primer ensayo de participación estudiantil en el gobierno del claustro, el tercio estudiantil.

En cuanto a su actuación en el campo político, fue diputado por su natal Puno en 1919; en la década de 1940, fue miembro y presidente del Instituto Indigenista Peruano; en 1946, fundó el Partido Social Republicano, junto con Jorge Basadre, Arturo Osores, Francisco Tamayo y otras personalidades.

De esta manera, como anota Gonzales (2013), “la biografía de Encinas abarca períodos diferenciados de la vida política y social peruana: surge como profesor y reflexiona sobre el tema indígena durante la “República de notables”, elabora su pensamiento pedagógico en la etapa del leguiismo y luego emerge como figura pública desde los años treinta en adelante, cuando desempeña funciones al frente de instituciones estatales”.

El autor de Un ensayo de escuela nueva en el Perú falleció el 30 de julio de 1958. Como homenaje póstumo, Jorge Basadre, entonces ministro de Educación, le otorgó las Palmas Magisteriales. Digno reconocimiento a uno de los hombres más importantes en la historia del magisterio peruano y latinoamericano.