POSTURAS DE LAS INTELECTUALES PERUANAS SOBRE LA EDUCACIÓN

Urbano Muñoz Ruiz
Poeta, narrador y ensayista
Magister en Comunicación Social – UNMSM
Doctor en Educación – UNSCH
 

El pensamiento clásico peruano, si bien constituido mayormente por aportes de intelectuales varones, contiene también las contribuciones de las mujeres que destacaron por su labor intelectual y en cuya agenda la educación fue una cuestión importante, tal como lo demuestra Mannarelli (2013) en su libro Las mujeres y sus propuestas educativas, 1870 – 1930.

El título es una aproximación a las ideas centrales de las mujeres peruanas sobre la educación en el lapso señalado, al que se  considera como un período inédito de producción escrita por escritoras, educadoras y feministas que opinaron pública y críticamente sobre la forma en que se organizaba el Perú y se distribuía el poder.

Según la autora, la educación de la mujer durante la Colonia fue un tema accesorio, supeditado a las necesidades e intereses de la sociedad jerárquica patriarcal. Se esperaba que las niñas fuesen como sus madres o como las mujeres adultas de su grupo social.

“El aprendizaje que imitaba el modelo materno constituía una parte significativa de la formación de la población femenina de la época. Esta situación llevó a que la educación extradoméstica en dicho período fuera una experiencia conocida solo por un grupo pequeño de mujeres, como ha ocurrido en sociedades jerárquicas. Los conventos, beaterios y recogimientos eran los lugares donde ellas tenían acceso a la instrucción formal. Los colegios de niñas de la época, tales como el colegio de la Caridad y el de expósitas de Santa Cruz de Atocha que funcionaron en Lima a lo largo de esta etapa, también les ofrecieron la posibilidad de entrenarse en otras lides que no fueran las domésticas, pero siempre con una fuerte inspiración religiosa. Sin embargo, no se trataba de una formación escolar propiamente. Eran instituciones creadas para velar por el honor de las mujeres pertenecientes a los grupos dominantes de la ciudad; así, a través de la reclusión, se instruían –y de manera limitada- porque estaban ahí, no fueron ahí para instruirse”.

Leer y escribir estaba asociado al aprendizaje del catecismo católico. En esas instituciones, la lectura tendió a ser grupal y en voz alta, alejada de la experiencia de soledad y libertad que supone el proceso de individuación. Acá conviene detenerse, con Mannarelli, para reflexionar sobre el asunto:

“Pese a que se desarrolló sobre todo en el marco de la vida religiosa, la escritura de las mujeres buscó también los caminos de la autonomía, aunque ello no significara que la autoría quedara asegurada. Escritura y lectura se consideraron actividades peligrosas, y la supervisión masculina eclesiástica acompañó la aventura letrada de las mujeres. Pero muchas niñas y jóvenes en las ciudades fueron iniciadas en el universo del alfabeto por mujeres anónimas –especie de maestras autodidactas- encargadas de su crianza. Las mujeres indígenas, sobre todo las niñas de las comunidades nativas, estuvieron casi siempre ajenas a esta posibilidad”.

La necesidad de escolarizar la formación de las mujeres peruanas se plantea recién en las postrimerías de la Colonia, merced a la confluencia de tres factores: la influencia de las ideas de la Ilustración, la crisis del régimen colonial y el surgimiento del Estado – nación. Esta necesidad se evidencia, aunque con la ausencia de la opinión de las propias mujeres, en planteamientos presentes en algunas publicaciones de la época: Mercurio Peruano, La Gaceta de Lima, Semanario Crítico y Diario de Lima.

Durante la República, hay una lenta evolución de las regulaciones sobre las relaciones conyugales, de unas relaciones a través del lazo de la servidumbre (donde la mujer, inferior, debía servir y obedecer al marido, superior, que la protegía) a otras, más igualitarias, como las que se aprecia actualmente. Pero durante muchos años estuvieron vigentes normativas que no ayudaron al desarrollo de la ciudadanía de las mujeres, como es el caso del primer Código Civil republicano aprobado en 1852, que ratificó el matrimonio religioso y fue causante de efectos civiles al establecer que tal unión perpetua servía para hacer vida común y para la conservación de la especie humana.

“La mujer debía obtener el permiso de su cónyuge para comprometerse en diversos contratos, y la aprobación oficial de este para ejercer algún oficio o negocio. Se atenía a lo prescrito por el derecho canónico sobre el matrimonio; los nacidos fuera del matrimonio eran ilegítimos. El adulterio masculino no era causal de divorcio, mientras que el femenino no solo lo era, sino que le daba la facultad al cónyuge de salvar su honor quitándole la vida a su esposa, al amante o a ambos. La patria potestad era monopolio masculino. Esta definición de la mujer como “incapaz relativa”, sin duda la distanció de un sistema educativo pensado para “ciudadanos”. Tal código rigió hasta 1934, pese a los muy anteriores reclamos de hombres y mujeres para modificarlos”.

Manarelli identifica dos momentos de la irrupción de las mujeres letradas. El primero ocurre poco antes de la guerra, con el protagonismo de Teresa González de Fanning (1836 – 1918), Clorinda Matto de Turner (1852 – 1909) y Mercedes Cabello de Carbonera (1842 – 1909), bajo el marco de la reforma liberal que pretendió ampliar los atributos del Estado y recortar las aspiraciones locales de poder.

En tal contexto, se dan los primeros manifiestos de las mujeres sobre la cuestión educativa. Las veladas literarias, auspiciadas por personalidades como la argentina Juana Manuela Gorriti, son los espacios donde se dan estas manifestaciones. También es notable la intervención de un gran número de mujeres en tareas periodísticas y literarias, algunas de ellas usando seudónimos para protegerse. Los temas recurrentes son la instrucción y el trabajo de las mujeres, y en general reflexionan sobre instituciones y leyes que les restaban dignidad, lo cual no será del agrado de muchos hombres y mujeres de la época.

El segundo momento de la irrupción de las peruanas letradas se da después de la guerra, cuando se suman a la brega de la primera generación, otras protagonistas, que aportan en diversa medida al debate sobre la educación orientada hacia la emancipación de las mujeres: Lastenia Larriva de Llona (1848 – 1924), Elvira García y García (1862 – 1951), Esther Festini (1875 – 1956), Miguelina Acosta Cárdenas (1887 – 1933) y María Jesús Alvarado (1878 – 1971).

Sus ideas confluyen en la importancia de la educación de las mujeres, considerando que si se las educa ello significa cambiar sus vidas y, consecuentemente, transformar al Perú. En este sentido, según argumentan, se debe discutir la pertinencia de una educación laica, la educación infantil, la autonomía de las mujeres, la valoración del trabajo como fuente de dignidad y la crítica de los arreglos conyugales.