EL MODELO EDUCATIVO JESUÍTICO EN EL PERÚ COLONIAL

Urbano Muñoz Ruiz
Docente en la Universidad Nacional  San Cristóbal de Huamanga
Poeta, narrador y ensayista
Magister en Comunicación Social – UNMSM

Durante los períodos de la Conquista y la Colonia,  no existió en el Perú un sistema de enseñanza que permita hablar de un pensamiento educativo globalizador. Ello no significa que no hubiese una preocupación acerca de la forma y el objetivo de educar a la población. Esto es lo que sostiene Luis Miguel Glave (2013) en su libro Entre la sumisión y la libertad, siglos XVII – XVIII. Sin duda, la labor educativa más importante emprendida desde España fue la que concernió a la evangelización que justificó la conquista.

Por su parte, Fermín del Pino – Díaz (2013), en su estudio que forma parte del libro Aprender e instruir en los Andes, siglos XV – XVI, recuerda que el Perú fue la más grande y codiciada provincia del Imperio español, por lo cual experimentó tempranamente y con mayor intensidad en comparación con las otras provincias las innovaciones traídas de Europa.

Tal fue el caso del modelo educativo de la orden religiosa de la Compañía de Jesús y que se implementó como parte de un programa pedagógico coherente y de valor universal, en la segunda mitad del siglo XVI, pasado 40 años de la llegada de los conquistadores españoles capitaneados por Francisco Pizarro al antiguo Tahuantinsuyo.

La aplicación del programa educativo jesuítico se da en un contexto de fuertes contradicciones, que se expresan por ejemplo en la resistencia de los pueblos indígenas sometidos y las guerras entre los propios conquistadores.

El despliegue del referido programa en tales circunstancias se considera un hecho trascendental, en el cual destaca la labor señera del padre Joseph de Acosta.

La característica principal del programa es que está ligado a la contrarreforma católica y al movimiento humanista derivado del Renacimiento.

Para entender el espíritu que alimentaba al programa, conviene conocer los rasgos distintivos de los jesuitas. Refiriéndose a estos rasgos, Del Pino – Díaz (2013) escribe que la orden jesuita tal vez sea las más propiamente universitaria y moderna, por cuanto sus primeros fundadores fueron todos estudiantes en La Sorbona de París; que su principal dedicación constitucional como orden establecida fueron los estudios clásicos y la enseñanza selecta a los jóvenes, siguiendo para su formación una metodología tomada directamente del movimiento renacentista italiano (ratio studiorum, o plan de estudios).

Anota Del Pino –Díaz (2013): “Es conocida en los dominicos la influencia del sistema clásico (aristotélico, sobre todo) en la reforma teológica del propio Santo Tomás, lo que aumentó la importancia concedida a la historia política y al derecho natural en la concepción dominica de los problemas sobrenaturales. Sin embargo, el peso de los clásicos fue mayor en el caso jesuita, lo que determinó –por ejemplo- el valor fundamental del libre arbitrio en su teología moral (debate acerca de si el hombre se salva gracias a sus méritos personales o, más bien, debido al peso de la gracia y la predestinación divina). Para un jesuita, la salvación eterna era un negocio moderno y personal en el que intervenían del mismo modo la Providencia Divina y la voluntad humana. Por eso era tan importante lograr una educación acabada de cada individuo, si se quería que la salvación eterna dependiera de sí mismo; una educación que le permitiera recurrir a sus propios recursos para valerse en la vida. Fue famoso el debate sostenido por algunos jesuitas, como el padre Luis de Molina, en defensa de este factor moral contra los dominicos, quienes todavía concedían alguna atención a la predestinación divina”.

La propuesta educativa jesuita se dirigía a los grupos más poderosos de la sociedad colonial, principalmente a la juventud, más susceptible a la influencia educativa, y para ello crearon sus propios colegios (San Pablo en Lima, San Bernardo en el Cusco, San Juan Bautista en Chuquisaca, entre otros), donde les brindaban una formación que pretendía tener validez para los estudios universitarios. Esto les generó conflictos con otras órdenes religiosas que ofrecían los mismos servicios, especialmente los dominicos, quienes además manejaban la Universidad de San Marcos.

Algo que diferenció a los jesuitas fue también una estrategia innovadora en cuanto al modo de financiar los servicios religiosos y educativos sin que sus beneficiarios pagaran nada directamente al misionero. Lo cual se hacía para que no creyeran que el servicio religioso era algo comprable.

Asimismo, tenían un marcado interés en el gobierno indirecto de las doctrinas: los propios indígenas debían tener – o creer tener- el control misional. Ello se lograría empleando misioneros mestizos que supieran la lengua, “con el fin de que sus subordinados participaran más en los sacramentos y cofradías; pidiendo permiso a los caciques para ordenar la catequesis y castigos por idolatrías y borracheras; dejándoles guardar los libros de limosnas, e impidiendo, en general, la extrema hispanización: se permitió canciones mestizas en letra o melodía y se toleró sincretismos religiosos, como en las fiestas del Intirraymi y el Corpus Christi.

Estos elementos caracterizaron luego el método “autonomista” de las misiones del Paraguay, llevadas a cabo en parte desde el Perú y por medio de algunos de los discípulos directos e indirectos del padre Acosta: Diego de Torres Boyo, director de Juli; el criollo Antonio Ruiz de Montoya, entre los más conocidos.

La metodología pedagógica jesuita, denominada “autonomista”, se basaba en la libre competencia de los jóvenes, quienes se repetían unos a otros las lecciones y aplicaban así la memorización progresiva, dentro de un amplio programa humanista basado en la glosa textual de letras y ciencias.

“De este modo, acota finalmente Del Pino – Díaz, se aprendía enseñando a los otros y desarrollando en esta praxis interactiva la propia capacidad especial de cada uno. Por mucho tiempo este método fue considerado el mejor para la juventud; así la mayor parte de los filósofos y escritores franceses se educaron de esta manera (Moliere, Corneille, Montesquieu, Buffon, Voltaire, Diderot, entre otros). Los métodos modernos en el período contemporáneo (como el seguido en España por la Institución Libre de Enseñanza, creada privadamente en 1876 contra la prohibición oficial de la enseñanza darwinista) han querido superar esta faceta memorística y competitiva, pero han proseguido con el ideal de que el alumno se fabrique su propio libro de texto y aprenda por sí mismo, de ser posible, en contacto con la naturaleza”.