BRAZOS DE FELICIDAD

Kewin J. Espinoza Castro
Director de Prens Perú – Apurímac
Director de Prens Cable Sistemas Andahuaylas

En esta noche (momento en que escribo estas líneas), seguramente apoyado por los aires de este junio frio y próximos a la fecha del día del padre, llegan a mi mente una serie de recuerdos que los seleccionaré en una carpeta de mi memoria, y cuyo nombre le pondré “los brazos de felicidad”, haciendo una especie de homenaje a los brazos de mi papá.

En mi chiquititud (no podría precisar mi edad) recuerdo una sala grande, los pisos color madera y las paredes blancas, mientras jugaba con un playgo, miraba aquel viejo reloj que colgaba en una de las paredes, un reloj de marco de madera viejo y elegante, los números eran en romanos y seguro que a esa edad no tenía la más mínima idea de lo que significaban, sin embargo, si sabía que cuando llegaban a cierta distancia era hora que papá ya retornaba a casa.

Entre mirar el reloj y armar el playgo, sonaba la bocina de un carro, “es mi papá” retumbaba en mi ser, corría a la ventana a ver como estacionaba su camioneta y corría hacia a la puerta a esperarlo, abrir aquella puerta daba pase a un tipo muy bien presentado, de terno impecable y con un maletín en mano, a lado de su maletín una bolsa super especial para nosotros.

De pronto el señor de terno, bajaba la mirada, dejaba a un lado su maletín y nos cargaba en peso, dándonos cariños, sus brazos nos hacían sentir muy queridos, pese a no ser muy alto el, nos hacía llegar al techo y eso era una maravilla, una hazaña una felicidad, entre sus brazos nos entregaba una bolsa llena de caramelos “Monterrico”, galletas “marquesitas”, “margaritas”, “san Jorge” (animalitos), chocolates “butterfield” y unos caramelos agrios que se llamaban “soda mix”, entre sus brazos y tantos dulces era feliz.

Ancón (un balneario muy especial para mi) cuenta con varios sectores, entre ellos está la playa “Las Conchitas”, de niños solían llevarnos nuestros padres, sobre todo en época de veranos, más aún en los paseos de domingos familiares, una playa de olas revoltosas y con mucha presencia de rocas que dificultaban su ingreso, sin embargo, cada visita era igual llegábamos jugábamos en la arena, comíamos, jugábamos nuevamente en la arena.

Nosotros somos cuatro hermanos, casi siempre minutos antes de irnos de la playa para regresar a casa, papá nos tomaba a los cuatro en sus brazos, por supuesto dos en cada brazo, no sé qué tan profundo o distante a la orilla nos ingresaba al mar, pero para nosotros ya eran millas y temíamos ahogarnos, entre miedos, tiritando por el frio de las aguas, sonrisas cómplices éramos felices en los brazos de papá.

Hoy peso un poquito más de 70 kilos, con algunas canas sobre la cabeza, los brazos de papá s debilitaron por los años, sin embargo, siguen siendo los brazos dónde puedo aún reposar con una única seguridad, dónde la felicidad de mi niñez puede regresar en la memoria y seguir siendo aún más feliz.